Hace un siglo en México circulaba la frase de Obregón: “Nadie resiste un cañonazo de 50 mil pesos”, y se comentaba en tono chusco que cuando en la batalla de Celaya perdió un brazo, al buscar la extremidad entre los cadáveres en el campo de las hostilidades el caudillo sugirió que llevaran una maleta repleta de dinero y entonces el brazo surgiría, ya para ese entonces había pasado de moda la expresión “Carrancear”, en boga durante el periodo del presidente Carranza con significado que ahora describiría al gran hurto en Segalmex durante el gobierno de López Obrador. Cincuenta mil pesos en tiempos de Obregón, los años 20 del siglo pasado, eran muchos y tentaban la ambición de cualquiera, pero nada comparables con los millones que se llevaron Duarte o los beneficiarios de los contratos multimillonarios en Dos Bocas o el Tren Maya.
Pero, si de cañonazos hablamos, lo de Obregón es absolutamente incomparable con el cañonazo disparado por el presidente Donald Trump al ofrecer 50 millones de dólares por la captura de Nicolás Maduro, el dictador venezolano que mantiene las cárceles de su país repletas de sus opositores y ha obligado a millones de venezolanos a doloroso éxodo. En realidad, los submarinos, buques, aviones de guerra y drones artillados de las fuerzas armadas estadounidenses puestos en movimiento en el mar caribe son parte de una parafernalia diseñada para acalambrar a Maduro, cuyos insomnios deben ser insufribles por temor a que sus cómplices del ejército de su país sucumban a la tentación del suculento ofrecimiento de Trump. No necesita Trump invadir Venezuela para capturar a Maduro, en cuyo caso el ejercito de Venezuela no arriesgaría vidas por el dictador, cuyo llamado a las milicias demostró nula convocatoria popular. Maduro luce acalambrado, un síntoma que por cierto no solo se siente en Venezuela, también en Colombia, en México, Bolivia, etc. ¡Hay, que tiempos, señor Don Simón! |
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