Francisco Cabral Bravo
Con solidaridad y respeto a Rocío Nahle García y Ricardo Ahued Bardahuil
Hace casi dos mil años se realizó la reunión cumbre más importante que registra la historia. En ese Viernes Santo, en tres ocasiones se reunieron un joven e iluminado rabí judío y un astuto y preocupado procurador romano.
Para el mundo occidental, ese novel profeta no era tan solo el hombre más humilde y solitario del más pobre y dominado pueblo del mundo. Era, ni más ni menos, el único hijo de su Dios convertido en hombre. En términos de poder era el hombre más poderoso que haya pisado la faz de la Tierra.
El unigénito del dueño del universo y de la vida, porque ese Dios había creado la vida y el universo para que desaparecieran el día que su dueño lo decidiera. Pues bien, durante su corta vida de tan sólo 33 años, Jesús nunca se reunió con alguien mortal más importante que con Poncio Pilatos. Este, era el representante del dueño del mundo, entonces llamado Claudio César Tiberio y apodado El Divino. Así, ni más ni menos, quedaron frente a frente el Hijo de Dios y el plenipotenciario del César. Por eso digo que bajo esa óptica, el Congreso de Viena, la Cumbre de Teherán y otros mil coloquios carecen de importancia.
Ese ha sido el proceso más famoso, más breve, más sumario, más viciado y más importante de la historia. Pero, como paradoja, continúa sucediendo. Todos los días, en algún lugar del mundo, algún procurador de justicia se acobarda como se arrugó el procurador Poncio Pilatos. Todos los días, en algún lugar del mundo, alguien acusa en falso como falseó el sumo sacerdote Caifás. Todos los días, en algún lugar del mundo, alguien vende todo por monedas, cómo se vendió Judas Iscariote. Y todos los días, en algún lugar del mundo, alguien es sentenciado a la pura voluntad del capricho, cómo ejecutaron a Jesús de Nazaret.
Es cierto que Pilatos, Herodes y Caifás nunca violaron una garantía constitucional porque estas no existían y ellos nunca supieron lo que era eso. Esto es un invento muy nuevo, con tan solo 250 años de edad. Pero nosotros, que nacimos y vivimos en un mundo que ya no conoce los principios jurídicos del proceso y las garantías constitucionales, todos los días los desobedecemos y los ninguneamos, con mayor culpa que la que cargaban esos ignorantes de la antigüedad.
Es cierto que hoy tenemos mejores leyes, que hoy tenemos mejores procesos y que hoy tenemos mejores derechos. Hoy sí tenemos constituciones aunque muchos gobernantes las usan como arma y muchos gobernados las usan como guarida. Desde hace 200 años ya tenemos códigos procesales, aunque muchas autoridades los malogren porque a los culpables es más fácil elegirlos que encontrarlos.
Pero no sabemos si nuestros mejores sistemas jurídicos nos han servido. No estoy tan seguro de si hoy nosotros somos mejores que ayer. Si hoy somos peores que hace apenas tres décadas en violencia personal, en violencia familiar, en violencia patrimonial, en violencia escolar, en violencia animal y en violencia política.
Ese es el verdadero drama de la Pasión de Cristo. Que no es una historia de hace dos mil años, sino que se renueva a diario. Por eso nos preguntamos: ¿algo hemos cambiado en dos mil años? ¿Algo cambiará en los próximos tres mil años? La historia de Jesús, ¿es del pasado, del presente, del porvenir o de siempre?
El drama de la Pasión es el verdadero drama de nuestros días. De todos los tiempos intermedios y quién sabe si de todos los tiempos por venir.
Esa es la posible enseñanza del Viernes Santo.
Que la justicia al antojo es peor que la injusticia.
Que todos somos iguales ante las leyes, pero que no todos somos iguales ante los jueces. Y que es totalmente falso que tener el poder es lo mismo que tener la razón.
La salud del pueblo está en la supremacía de la ley (Cicerón).
En otro contexto en ocasiones la realidad supera a la ficción. Hay notas que deben despertar una gran preocupación en la sociedad, porque constatan el nivel de descomposición que se alcanza entre la población.
Los niños juegan a ser adultos. Hay otras vertientes de juego, por supuesto, pero es la imitación del mundo adulto una inclinación natural que les permite ensayar para la vida.
Los niños juegan a lo que hacen los adultos cercanos o aquellos que de una u otra manera forman parte de su entorno, incluso a través de los medios de comunicación o de internet.
En México muchos niños, imposible saber cuántos, han empezado a jugar a la violencia, no ya al remoto entretenimiento genérico de las pistolas sino el juego específico de la delincuencia, de las armas largas, el narcotráfico, el secuestro, el asalto, el cobro de piso.
La violencia está adquiriendo estatus de habitual, de normal, de hecho cotidiano.
Hechos que nos llevan a hacer reflexión sobre las razones que llevan a los niños y adolescentes a emular a la peor escoria de la sociedad y hacerlo parte de sus juegos infantiles y fantasías para posteriormente volverlos parte de la realidad, si es que no lo era ya.
Siempre habrá un hecho delictivo relacionado con la violencia irracional, la crueldad, la venganza o el enfrentamiento.
A veces los hechos son especialmente graves por La hazaña que hay en ellos, incomprensible conducta de los victimarios o por el número de muertos.
Habituados a la violencia, leemos o observamos las notas como si se tratara de un acontecimiento deportivo, a veces, sobresaltados por algún rasgo de novedad, nos petrificamos un instante.
Los niños aprenden lo que viven, decía un poema de hace décadas de Dorothy Law Nolte.
¿Qué es lo que estamos generando como sociedad en las mentes de la juventud que llegan a extremos macabros en busca de diversión?
Mucho se criticó a los medios de comunicación cuando decidieron dejar de publicar fotografías de ejecuciones para evitar hacer apología de la violencia. Esta decisión fue interpretada por algunos sectores como autocensura. La realidad es que la violencia continúa presente en nuestras vidas alcanzando lo impensable. Niños asesinos de niños.
Cabe pensar que tal vez estas conductas pueden ser detectadas previamente en casa y en la escuela.
De lo que viven los niños y por tanto de lo que aprenden, todos somos responsables.
¿Será que estos niños nacieron con la disposición genética a ser victimarios, cargados de rencor para matar, destinados fatalmente a arrebatar la vida?
La pregunta incómoda. A quién se le ocurre, se indignarán algunos. Que encierren a quien pretenda afirmar tal cosa, demandarán a otros.
Luego entonces no es cuestión de genética ni mandato del destino. Estas tragedias son producto nuestro.
Brota de nuestro comportamiento, de nuestras acciones y nuestras omisiones. Del México que hemos perfilado día a día. De lo que estamos haciendo, de lo que hemos dejado de hacer. De la forma de relacionarnos, de los antivalores que exaltamos, de la admiración por el delincuente y por ello es famoso, del arrodillamiento frente a la tentación de la riqueza pronta sin importar los medios.
Cada quien podrá encontrar argumentos y pruebas para eximirse de esta responsabilidad colectiva. Pero no es tiempo de hacerse a un lado. Hoy no tiene sentido el yo no. La suma de todos es el país que somos.
Si los niños juegan a ser adultos ¿qué modelos estamos ofreciendo?
Los espejos son directos a veces crueles. Reflejan sin matices, lo que enfrente tienen. Son mudos y gritan. Son planos y profundos.
Todas las expresiones de violencia que hoy vivimos a granel fueron alguna vez un caso aislado.
Todos los asesinos de hoy fueron niños. Todos los árboles de hoy fueron semilla. Los niños aprenden lo que viven.
Los niños juegan a ser adultos. Y nosotros somos el modelo.
¿A qué adultos querrán parecerse nuestros niños? La muerte por diversión es un síntoma que debe ser tomado en cuenta en sus primeras manifestaciones para evitar que su evolución llegue a extremos irremediables.
Para finalizar meditar no es ocioso. Aprovechar los pocos momentos de tranquilidad de que uno puede disponer y hacer un alto en el camino para tomar el pulso de la situación, sea interna o del exterior, nos presenta hacer buen uso de nuestras potencialidades. Sirve para cumplir el antiguo mandato de conocerse. Además, se requiere valor para juzgarse a uno mismo.
Por eso el apoyo de la meditación. Muchos encuentran en esto la fuerza que les falta. Ejercer es un valor que fortalece y, por lo mismo, es una buena receta para deshacerse de lo que en uno sobra o estorba. De hecho, la meditación para organizar la mente y sus vidas la practican más personas de las que uno se imagina. |
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