Francisco Cabral Bravo
Con solidaridad y respeto a Rocío Nahle García y Ricardo Ahued Bardahuil
"México, creo en ti, porque escribes tu nombre con la equis, que algo tiene de cruz y de calvario; porque el águila brava de tu escudo se divierte jugando a los volados con la vida y, a veces, con la muerte".
Varios colegas han comentado recientemente que el periodismo atraviesa una de las etapas más complejas de su historia contemporánea. No se trata únicamente de una transformación tecnológica, sino de una crisis de sentido y responsabilidad, en la que el rigor profesional ha sido progresivamente desplazado por dinámicas que privilegian la velocidad, la tendencia y la rentabilidad inmediata sobre la veracidad y el interés público.
En el ecosistema informativo actual, la jerarquización de las noticias ya no responde, en muchos casos, a criterios editoriales clásicos como relevancia social, comprobación de fuentes o impacto estructural, sino a métricas impersonales que premian el volumen de interacción. La lógica del algoritmo, las modas informativas y la monetización han impuesto una agenda donde el dato confirmado compite en desventaja frente al titular provocador, y la investigación profunda frente al contenido diseñado para generar reacción emocional.
Este fenómeno no es exclusivo de las plataformas digitales. Aún subsisten columnistas que, desde los medios de comunicación tradicionales, continúan teniendo impacto mediático significativo y que, lejos de entender su espacio como un ejercicio de responsabilidad pública, lo utilizan como si se tratara de un negocio personal. Se lucra con el prestigio del medio, se capitaliza la firma y se vende la pluma al mejor postor, confundiendo opinión con cargo, análisis con consigna y crítica con interés particular. Esa práctica erosiona la credibilidad no solo al autor, sino a la institución que lo aloja.
La misma lógica se reproduce, con mayor crudeza, en medios electrónicos de baja categoría editorial y alta visualización, cuyo éxito se explica por el amarillismo que los distingue. Ahí la información no se valida: se explota. El objetivo no es informar, sino impactar, no es esclarecer, sino exacerbar. Se construye una narrativa donde el escándalo sustituye al contexto y el sensacionalismo ocupa lugar de la verdad, porque existe una parte de la audiencia que consume morbo antes que veracidad. El problema de fondo no es económico. Un medio puede sostener un tiempo sin ética, pero no puede conservar prestigio sin credibilidad ni credibilidad sin rigor.
Cuando la legitimidad se pierde, cualquier impacto mediático se vuelve efímero, y la audiencia termina por desconfiar, incluso, de aquello que es verdadero. El daño, entonces, no es solo para la profesión, sino para la sociedad que deja de contar con referentes confiables.
El futuro del periodismo no pasa por negar la modernidad ni por idealizar el pasado, si no por recuperar el principio elemental del oficio: informar con responsabilidad. La tecnología, las métricas y las nuevas herramientas deben estar subordinadas al criterio editorial, nunca al revés. De lo contrario, el periodismo corre el riesgo de sobrevivir económicamente a costa de desaparecer moralmente. En una época donde la tensión se compra y la opinión se vende, sostener la ética no es un acto romántico, sino una decisión estratégica. Porque al final, la verdadera supervivencia del periodismo no se juega todos los días en la viralidad, sino en la confianza que logra, o pierde, frente a la sociedad.
En otro contexto. Es una realidad. No todo cambio o transformación es falta de voluntad, sino, más bien, de saber lo que quiere, lo que se necesita y de hacerlo consciente. La clave de toda modificación está en ese darnos cuenta de que algo resulte incómodo y, por momentos, innecesario en nuestras vidas, y merece un rumbo nuevo. En ese punto de hartazgo aletargado que resurge de vez en vez, en una especie de frustración y desgano, en unir y venir del que no resulta nada nuevo, y del que cada vez nos cuesta más despegarnos por el ruido sordo y permanente que nos obliga a mirar ese lugar que se ha justificado, negado, abandonado o simplemente ese que sigue priorizado, esperando su momento ideal.
Y le diré algo mi estimado lector, el momento ideal siempre es ese en el que uno se hace consciente de esa verdad que necesita su vida y decide tomar acción. Acciones reales que nos permitan transmutar de lo que fuimos, somos, y deseamos ser a la realidad que nuestra vida necesita. La importancia básica de las acciones conscientes es que, a través de ellas, se logra una transformación real.
Volver a uno mismo, hacer un ejercicio honesto y profundo de introspección sin acciones reales solo conduce al estancamiento, al deterioro de nuestra calidad de vida, de nuestros pensamientos y emociones. Y digo más, si usted no utiliza su vida para sus propios fines, otras personas lo harán haciendo más miserable aún a su propia existencia. Es así. La introspección necesita acciones reales y conscientes que le permitan entender absoluto control sobre su vida. Tomar acción implica asumir esa responsabilidad. Hay que atreverse a pensar en uno mismo, a resolver las inquietudes personales, a desarrollar nuevos mecanismos y herramientas que nos permitan sostener quienes somos y aquello a lo que aspiramos y, sobre todo, hay que tener un plan estratégico de acción. Piénselo.
En otro contexto escribo estas líneas cuando el 2026 apenas aún acaba de nacer, en que el tiempo aún parece dócil y la esperanza no ha sido erosionada por la rutina, cuando el impulso del inicio conserva intacta su fuerza simbólica.
El año nuevo no es solo una fecha que se cruza en el calendario, sino una invitación temprana a la reflexión, al balance sereno de lo que dejamos atrás y a la responsabilidad consciente de lo que estamos llamados a construir.
Cada Año Nuevo llega como un umbral emblemático. No es únicamente el paso de un día a otro en el calendario, sino una pausa colectiva en la que la humanidad se permite mirar hacia atrás, ordenar la memoria de proyectar el porvenir.
Desde las grandes civilizaciones antiguas hasta nuestras sociedades contemporáneas el inicio de un nuevo año ha sido una de las celebraciones más persistentes y universales, porque responde a una necesidad profundamente humana darle sentido al tiempo.
El Año Nuevo se celebra porque el ser humano necesita ritmos, cortes y reinicios. El tiempo continuo, sin pausa simbólicas, resulta pesado y abrumador.
El calendario con sus años que empiezan y terminan, nos ofrece la ilusión, tan necesaria como poderosa de que es posible cerrar capítulos y abrir otros. El Año Nuevo cumple una función ética y emocional. Invita a la reflexión, al balance de lo vivido. A reconocer errores, agradecerlo alcanzado y formular propósitos. No es casual que en casi todas las culturas este momento esté acompañado de deseos, promesas, brindes o rituales de limpieza y renovación. Celebrar periódicamente el Año Nuevo, es en el fondo, un acto de confianza en la posibilidad del cambio.
Las primeras celebraciones del Año Nuevo remontan a más de cuatro mil años. En el mundo romano, el Año Nuevo no siempre comenzó el primer día de enero. Fue hasta el año 153 a. Cuando se fijó esa fecha. Siglos después, el calendario gregoriano, que hoy rige en gran parte del mundo. En el México prehispánico, el tiempo no se concebía como una sucesión lineal de días que se agotan, sino como un movimiento cíclico que se renueva.
Con la conquista y el establecimiento del orden colonial, se introdujo en el territorio el calendario cristiano y, con el, la celebración del Año Nuevo el primer día de enero.
La esperanza que trae el Año Nuevo no es ingenua ni pasiva. Es una esperanza activa que exige compromiso ciudadano, ética pública y responsabilidad colectiva. Es la convicción de que aún en medio de la incertidumbre, es posible sembrar mejores prácticas, anhelar instituciones más justas y construir acuerdos que privilegien el bien común. Que este año nuevo sea un punto de inflexión, no un simple cambio de fecha, sino un renovado compromiso con la verdad, el respeto y la convivencia democrática.
No me gusta hacer el adivino de las calamidades. Siempre he creído que el futuro es una hipótesis, no un teorema ni un axioma. Puede suceder o no suceder. Sin embargo, mi profesión y mi vocación de político me obliga al diagnóstico y al pronóstico. Lo que es y lo que puede ser. Solamente con ello se puede actuar, si es que hay algo que hacer, y se puede remediar, si es que hay algún remedio.
Hace 40 años y hace 30 años le dije a quienes debía decirlo que el crimen generalizado tenía etapas evolutivas progresivas. No me creyeron o no les interesó. Hace 20 y hace 10 años lo he repetido en columnas. Contra mi voluntad, he sido totalmente acertado. En palabras muy sintéticas, la primera generación delincuencial es la tradicional de pillería. La segunda la etapa corruptiva. La tercera la delincuencia organizada. La cuarta es la transnacionalización. La quinta, la deshumanización. La sexta, el terrorismo. La séptima la subversión. La octava es la politización del sistema criminal. Y la novena generación es la regencia criminal.
En un itinerario histórico, la delincuencia primaria y primitiva actuó a escondidas de la autoridad. En el 99% de la política, lo que se ve, es lo que es. Coincide con Mazarino en que la apariencia es esencia. Coincide con Jesús Reyes Heroles en que la forma es fondo. El verdadero político utiliza telescopio y microscopio, pero no utiliza ni esferas ni barajas.
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