El poder tiene sus reglas: pero también al que, bebiendo ejercerlo, los rehúye.
La libertad de expresión es un pilar de toda democracia constitucional. Sin embargo, su reconocimiento no implica que toda opinión sea jurídicamente válida, científicamente sostenible o institucionalmente defendible. Opinar es libre; blindar una opinión frente al debate racional y convertirla en dogma es otra cosa.
Hoy, la arena pública ha sido ocupada por posiciones que carecen de sustento jurídico, fáctico e incluso lógico, y que aun así, reclaman protección institucional. Paradójicamente, las voces que las cuestionan desde la evidencia, la razón o el derecho son señaladas, censuradas y acusadas de "discurso de odio" o de fobias clínicamente inexistentes. Con ello, el debate se anula y la posibilidad de alcanzar consensos o corregir errores se vuelven una quimera.
El proceso humano, científico, jurídico y social, existe porque las ideas pueden discutirse, contratarse y, si no resisten el escrutinio, ser descartadas. Pero cuando una opinión se vuelve Intocable deja de ser idea y se convierte en dogma. Y cuando el dogma se blinda jurídicamente, la libertad de expresión deja de ser instrumento para buscar la verdad y se transforma en un mecanismo para imponer narrativas sin sustento.
Para sostener posiciones débiles se ha recorrido a un mecanismo particularmente peligroso: etiquetar como ofensiva o discriminatoria cualquier información que contradiga el dogma impuesto, incluso cuando se trata de hechos verificables.
La ideología contamina el debido proceso y distorsiona la respuesta institucional frente a la violencia real.
En el ámbito constitucional, el fenómeno se repite cuando se sostiene que la sobre representación legislativa es un "derecho del partido gobernante", y no lo que realmente es: un límite diseñado para proteger al pluralismo democrático y evitar concentración del poder. La censura no recae sobre la opinión infundada, sino la razonable. La libertad de expresión está en riesgo no porque falten opiniones, sino porque las posiciones ideológicas que solo sobreviven blindadas y sin escrutinio están logrando silenciar la razón, el derecho, la evidencia científica y la realidad misma.
¿Cuántas opiniones más se quedan hoy en silencio por miedo al ataque de minorías organizadas que imponen dogmas e ideologías bajo la amenaza del señalamiento público? Así mueren la libertad de expresión, la razón y el progreso. Muchos de los desafíos que hoy enfrenta nuestra sociedad derivan de la tergiversación de la libertad de expresión. La solución comienza por recuperar el equilibrio entre opinar y reflexionar. Este derecho no obliga a equiparar opiniones con hechos ni ideologías con ciencia; tampoco blinda ninguna postura del debate o del escrutinio público.
La libertad de expresión nos permite exponer nuestras ideas y someterlas a juicio, pero también nos exige aceptar cuándo presentan fisuras y prescindir de aquellas que carecen de sustento.
Eso no es censura; es defensa de la razón.
Si bien es cierto que la tecnología ha democratizado el acceso a la información, hoy los que están cerca están alejados y los que están lejos se han acercado, todo dentro de un mundo virtual.
Nuestro mundo es otro. La transmutación ha sido enorme. Un nuevo entorno espacial en el que el ser humano se ha vuelto tecnológico, informativo y multifacético. Seres humanos que viven dentro de una pantalla y ahí hacen toda su vida. Ese ámbito se vuelve su contexto y su realidad, y establecen redes afectivas con grupos que nunca conocen personalmente, solo a través de la tecnología y el internet.
Estamos viviendo en un espacio desconocido. El desarrollo de la ciencia y la tecnología ha sido impresionante. Las aplicaciones tecnológicas y las redes sociales, Facebook, Instagram, X, Signal y muchas más, han cambiado la convivencia humana. Hoy estamos comunicados con todos y en todas partes.
Sin embargo, hoy también estamos más solos. Más íngrimos. Esclavos de los celulares. Hemos perdido la interacción social. La conversación familiar se ha vulnerado, la amistosa, ausente y remota. Durante meses y años no hay reuniones presenciales.
La gente, ensimismada consigo misma, ajena a su entorno. No saluda, pérdida en su ser y en su tráfago interior.
La gente no disfruta sus alimentos ni de la paz y la tranquilidad de una comida pasible y placentera. Inclusive, su asistencia, a espectáculos no es concentrada; su mente está en otra parte, operando el celular. Menos aún le atraen las bellezas naturales: las flores, la lluvia, los días soleados y las tardes tranquilas.
El impacto ha sido muy brutal. La gente ya no saluda; pasa sin atender a su entorno ni a sus semejantes. Somos extraños en un hábitat nuevo.
Los jóvenes, producto de los nuevos tiempos, muestran un comportamiento inédito, un lenguaje diferente, único y, para muchos, desconocido.
La soledad es la enfermedad de la época, una pandemia perniciosa. La gente está aislada en el trabajo, en su casa o en sus oficinas, sin comunicación individual y mucho menos social.
La tecnología ha cambiado a la sociedad. Ha modificado las relaciones de amistad. El movimiento de la vida moderna impide relaciones presenciales entre amigos y amigas. Pasan años sin contacto cara a cara.
Ha cambiado nuestra forma de ser y hemos perdido valores esenciales del pasado. Se ha modificado la sensación de afecto; la forma de convivir y de tener contacto ha pasado a segundo plano Y cómo van la tecnología y la inteligencia artificial están en puerta grandes novedades tecnológicas: oficios, carreras y modos de trabajo serán desplazados por las máquinas y robotización. La gente tendría que jugar otro papel.
Ya estamos en la era de la tecnología y de la inteligencia artificial. Dentro de esta revolución ojalá se pudiera darle humanidad y acompañarla de lo básico, de lo elemental, de lo aristotélico, lo platónico y lo socrático para rescatar la sensibilidad humana y poder contemplar y disfrutar un lindo amanecer, un día apacible, saludar a un amigo o amiga, darle un beso a los seres queridos, abrir nuestro corazón y apaciguar nuestra alma. La soledad y el estrés han invadido el alma de los nuevos seres humanos.
En otro contexto: "El nacimiento representa el principio de todo, El milagro del presente y la esperanza del futuro". No estoy seguro de que este dicho se utilice con frecuencia, pero mi familia extensa lo usaba cada vez que un nuevo descendiente arribaba a este mundo. Gilberto Guevara Niebla inicia una nueva aventura editorial como director y promotor principal de una nueva revista para debatir la educación nacional y de otras latitudes. Cuadernos de Educación. Revista de política educativa.
En la presentación informa que "no es una revista científica como tal, sino de divulgación; se inscribe en la tradición de la cultura moderna e ilustrada, se asocia al pensamiento científico y racionalista y se vincula a valores como la libertad, el diálogo y el pensamiento crítico. Es una apuesta ambiciosa y los artículos de la primera pieza lo confirman. Cierra con la invitación a leer, comunicar Y dialogar a partir de los textos públicos y a seguir juntos en la construcción una red de saberes que fortalezca la educación como herramienta de transformación social.
"Las reformas no cambian a las escuelas; son las escuelas, a través de las múltiples maneras de apropiación, las que determinan las finalidades y alcances de las reformas".
Retomo con dicho y una nota egocéntrica: Nace toda criatura, cada una con su ventura. |
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