Todo político tiene el derecho constitucional de permanecer callado. Jamás debe desaprovechar ese valioso derecho. Tiberio dijo que somos nuestras palabras. Es muy cierto, sobre todo en la política. El discurso nos dice si el gobernante es inteligente o es estúpido, si es valiente o cobarde, si es sincero o mentiroso, si es bravo o bravero, si es patriota o apátrida.
Las muchas palabras son muy costosas. Con su conferencia Creelman, Plutarco pavimento su exilio. Con sus insolencias, los concesionarios petroleros provocaron su expropiación.
Fueron muy benéficos los mutismos de Cárdenas, de Ávila Camacho, de Ruiz Cortines y de la Madrid. Fueron muy costosos la defensa canina de López Portillo, la comida rápida de Fox y el cash de Zedillo. Lo mismo las innecesarias explicaciones de Calderón sobre la militarización o de Peña Nieto sobre Ayotzinapa.
No existe la media paz, ni existe la media guerra.
Solo una de ellas prevalecerá. Richard Nixon también pagó con su renuncia la grabación de todas sus palabras presidenciales.
Hay buenas recetas presidenciales. Si hay que informar, que hablen otros. Si hay que llenar espacio, que hablen otros. Si hay que mentir, que hablen otros. Hablar mucho solo es bueno si se tienen muy grandes éxitos para presumir o muy profundas ideas para compartir. El mejor discurso que conocemos lo dijo Lincoln en dos minutos.
En medio de un mundo cada vez más polarizado, donde el ruido político y la manipulación ideológica parecen dominar muchas conversaciones públicas, también comienzan a surgir señales que invitan a la reflexión. Voces prominentes de distintas culturas y religiones empiezan a recordar algo fundamental que las diferencias espirituales no necesariamente conducen al enfrentamiento.
Muchas veces el conflicto nace cuando la política, la geopolítica y los intereses radicales manipulan las identidades religiosas.
El judaísmo y el islam, por ejemplo, comparten raíces profundas. Ambos se reconocen descendientes de una misma tradición que nace con Abraham, figura central tanto para judíos como para musulmanes. Las historias de Moisés, David y Salomón también forman parte de ese patrimonio espiritual compartido que durante siglos dio forma a valores fundamentales: justicia, responsabilidad moral, respeto por la vida y búsqueda permanente del conocimiento.
Si observamos la historia con serenidad, veremos que judíos y musulmanes no han vivido siempre en conflicto. Durante largos periodos coexistieron, intercambiaron ideas, comerciaron y desarrollaron ciencia, filosofía y cultura.
El conflicto moderno que domina los titulares de las últimas décadas tiene raíces más complejas.
Durante aproximadamente los últimos 80 años distintos actores han utilizado narrativas religiosas para alimentar conflictos que en realidad responden a intereses estratégicos, territoriales o ideológicos.
La historia nos enseña que cuando la religión se convierte en herramienta de manipulación política, el resultado casi siempre es la división. Sin embargo, cuando las tradiciones espirituales se comprenden desde su dimensión ética y humanista, se convierten en poderes motores de convivencia. En este contexto resulta significativo observar como algunas voces dentro del propio mundo musulmán están promoviendo el diálogo y el acercamiento con el pueblo judío y con el Estado de Israel.
Estas posturas no surgen de la ingenuidad, sino del reconocimiento de una realidad evidente: el extremismo ha causado enorme daño tanto a sociedades judías como musulmanas. Y cada vez más líderes religiosos y sociales comprenden que la cooperación, el respeto mutuo y aprendizaje compartido son caminos mucho más constructivos que el enfrentamiento permanente.
En mi experiencia he aprendido que las sociedades que prosperan son aquellas capaces de transformar sus diferencias en oportunidades de aprendizaje. Recordar que detrás de las identidades religiosas existen valores universales que pueden acercarnos más a lo que imaginamos.
Cuando las comunidades deciden construir puentes en lugar de levantar muros, el resultado casi siempre es progreso. Porque la cooperación amplía horizontes, genera confianza y abre caminos. Tal vez por eso, en un mundo lleno de tensiones, cada gesto de diálogo entre culturas y religiones representa una oportunidad invaluable para demostrar que el futuro no tiene que estar determinado por los conflictos del pasado. Y que, incluso en tiempos complejos, siempre es posible apostar por el entendimiento, la responsabilidad compartida y la construcción de un mundo mejor. ¡ No puedes cambiar el pasado más que construir el futuro! ¡Hacer el bien, haciéndolo bien!
En otro contexto ya mencionamos a André Bretón y su viaje revelador. Su visita en 1938, donde convivió con Frida Kahlo, Diego Rivera y León Trotsky, lo convenció de que en México "lo prehispánico, lo colonial, lo moderno, lo religioso, lo festivo y lo trágico" coexistían sin conflicto, formando un todo que superaba cualquier intento artístico europeo de recrear lo onírico.
Existen, de igual manera, los personajes que parecen sacados de una crónica o de una pintura surrealista. Cantinflas y su lenguaje barroco, churrigueresco e indiferente; El Chavo del 8, con su humor blanco y atemporal que consigue romper con barreras generacionales e integrar alrededor de " un barril", crónicas de la vida mexicana, que han trascendido las fronteras de nuestro país.
Paralelamente, acontecen en nuestro espacio nacional, historias que ni el propio Kafka hubiera imaginado. No vayamos muy lejos. La terrorífica historia de Marcial Maciel, que ni en la peor novela surrealista, se hubiera podido concebir la monstruosidad de ese personaje.
En lo particular, tengo varias vivencias personales, pero no alcanza este espacio.
El surrealismo mexicano se manifiesta de igual manera en la esfera pública y política, donde lo absurdo y lo irónico son mecanismos de crítica y supervivencia. La política es drama y farándula al mismo tiempo. A menudo se mezcla con el espectáculo, con historias de presidentes y actrices, o figuras del entretenimiento y los deportes, que transitan directamente a cargos públicos, disolviendo los límites entre la realidad y la telenovela.
La ironía como crítica social, forma parte intrínseca de este surrealismo mexicano. Intelectuales, como Carlos Monsiváis, elevaron la ironía mexicana a una herramienta de desmontaje político, utilizando, el humor y lo absurdo, una práctica que refleja el principio surrealista de desafiar la lógica establecida.
En síntesis, México es el país más surrealista del mundo no por una colección de rarezas, sino porque en su territorio lo onírico es geográfico, lo simbólico es cotidiano, lo sincrético es identitario y lo absurdo es un lenguaje crítico.
Tenemos el gran reto de abrazar nuestro nacional-surrealismo, comprenderlo en lo profundo y entender que en México se viven varios Méxicos Y que todos forman parte de nuestra historia y nuestro ser.
Está el México mesoamericano, el México virreinal, el independentista, el revolucionario, el liberal, el conservador, el contemporáneo; el de su literatura; el artístico; el de sus fiestas y tradiciones; el de su gastronomía.
Tanta, tanta cultura y nosotros peleándonos porque nuestros gobernantes entiendan la esencia de un país que se desgarra a pedazos porque no hay alguien que vaya hacia dentro y entienda el alma de México.
Aceptar esa realidad nos permitiría tener una identidad. No veinte, ni treinta. Una como México. Bien lo dice Octavio Paz "el mayor problema de mi México es su falta de identidad".
La Virgen de Guadalupe es una sola. Su tez morena, sus ojos, su manto; su profundo significado, que no necesita explicación. No podemos dejar de ver el todo. La sensación que nos produce al verla tiene una explicación que va más allá de los simples sentidos. La comprendemos. Eso somos. Un país diverso, con una riqueza enorme, donde el nacional-surrealismo captura precisamente esto.
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