Hay formas de mentir que no parecen mentiras. No levantan sospecha inmediata, no generan rechazo automático ni provocan escándalo, porque están construidas con cuidado, con cálculo y con una intención muy clara: persuadir sin necesidad de decir la verdad. A esas formas se les llama sofismas.
No son errores ni confusiones, tampoco imprecisiones inocentes; son estructuras del lenguaje diseñadas para torcer la realidad sin romperla por completo, para deformarla lo suficiente como para que parezca creíble.
Y hoy, en el México de la llamada Cuarta Transformación, ese mecanismo ha dejado de ser una excepción para convertirse en una práctica cotidiana del poder.
El sofisma no es un invento moderno. Nació en la antigua Grecia, en el corazón de la democracia ateniense, donde los sofistas perfeccionaron el arte de argumentar sin importar la verdad. No buscaban tener razón, sino imponerse en la discusión.
Comprendieron que en la política la percepción puede pesar más que los hechos, y que una idea bien presentada puede derrotar incluso a la evidencia más contundente.
Esa lógica, lejos de desaparecer con el tiempo, ha evolucionado hasta convertirse en una herramienta central en la comunicación política contemporánea, y en México ha encontrado una expresión particularmente clara en el discurso político de la 4T.
A diferencia de la mentira simple, que puede surgir del desconocimiento o del descuido, el sofisma exige inteligencia, intención y control del lenguaje. Quien lo utiliza no se equivoca: sabe perfectamente que lo que está diciendo no es del todo cierto, pero confía en que la forma en que lo presenta será suficiente para convencer o, al menos, para generar duda. No necesita que todos crean; le basta con que nadie tenga claridad absoluta, porque en la confusión el poder encuentra espacio para sostenerse, y esa ha sido una de las marcas más visibles del discurso político en esta etapa del país.
En el México actual, esta lógica se ha normalizado peligrosamente. Se ha vuelto parte del discurso cotidiano del poder. No se trata de negar la realidad de forma frontal, sino de reinterpretarla, de fragmentarla, de suavizarla hasta hacerla políticamente manejable. El lenguaje deja de ser un medio para explicar lo que ocurre y se convierte en una herramienta para administrar lo que la gente percibe que ocurre, incluso cuando esa percepción se aleja de los hechos.
Ahí están los ejemplos recientes a nivel nacional. Decir que una reforma electoral no aprobada no representa una derrota, sino una reafirmación de principios, es un sofisma en estado puro. Afirmar que ciertas decisiones fueron una exigencia del pueblo, cuando en realidad fueron impulsadas desde el poder, es otro ejemplo claro. Sostener que medidas profundamente políticas son simplemente técnicas, como si el poder no interviniera en ellas, completa el cuadro de una narrativa que busca legitimarse a sí misma dentro del proyecto político de la 4T.
Lo mismo ocurre cuando se presenta la revocación de mandato como un ejercicio estrictamente democrático, sin reconocer su utilidad como herramienta de movilización política, o cuando se habla de austeridad en la reducción de legisladores, sin admitir que el efecto real es la concentración del poder. No se miente de manera abierta; se construye una versión que, sin ser completamente falsa, tampoco es verdaderamente cierta, y que encaja perfectamente con la lógica discursiva del movimiento.
Ese es el punto central del sofisma: no ocultar la realidad, sino administrarla. Ajustarla lo suficiente para reducir su impacto, para evitar costos políticos inmediatos, para sostener una narrativa de control aun cuando los hechos digan otra cosa. Y esa lógica, que se ha consolidado a nivel nacional bajo la 4T, inevitablemente termina bajando a los estados.
En Veracruz, esa forma de gobernar ha encontrado una expresión particularmente clara en la figura de Rocío Nahle, una de las figuras políticas más representativas de este mismo proyecto. Lo que se observa no es solo una acumulación de problemas sin resolver, sino un patrón constante en la manera de enfrentarlos: priorizar el discurso sobre la solución, la explicación sobre el resultado, la narrativa sobre la realidad.
El caso del derrame petrolero es el ejemplo más contundente. Primero se dijo que no era responsabilidad de Pemex; después que no había fuga, sino simples “trazas”, pequeñas “gotitas” sin mayor relevancia; más tarde se aseguró que no existía daño ambiental significativo, para luego introducir la idea de múltiples posibles fuentes del problema; finalmente, se reconoció que no se tenía certeza sobre el origen del derrame. Mientras todo esto ocurría en el discurso, la Marina recolectaba toneladas de hidrocarburo en las costas.
Esto no puede entenderse como desorden o falta de información. Es un proceso claro de construcción discursiva, donde cada versión busca contener el impacto de la anterior, reducir la gravedad del problema y diluir la responsabilidad. Es, en esencia, un sofisma en movimiento, alineado con una forma más amplia de comunicar y gobernar que ya se ha visto a nivel nacional.
Pero el derrame no es un caso aislado, es parte de un patrón más amplio que se repite en distintos episodios recientes en Veracruz. Ahí está Poza Rica, donde las inundaciones dejaron imágenes contundentes de casas anegadas, calles colapsadas y ciudadanos enfrentando pérdidas sin una respuesta institucional a la altura. Sin embargo, el discurso oficial se inclinó hacia la explicación de lluvias extraordinarias y fenómenos naturales, como si la falta de infraestructura, prevención y planeación no tuviera responsabilidad gubernamental.
El sofisma en este caso consiste en transformar un problema de gestión en un evento inevitable, desplazando la discusión del terreno de la responsabilidad al de la fatalidad. Se presenta la naturaleza como culpable, cuando en realidad lo que está en juego es la capacidad del gobierno para anticipar, prevenir y responder, una lógica que también se ha replicado en otros niveles de gobierno dentro del mismo proyecto político.
El caso de la taxista fallecida de Álamo, muestra otra dimensión de esta lógica. La tragedia generó indignación social, pero rápidamente fue encapsulada en una explicación médica: un infarto. Con ello, el hecho se reduce a un evento individual, aislado, desconectado de las condiciones estructurales en las que trabajan miles de personas en el estado, especialmente en contextos de inseguridad y presión económica constante.
Ese es el sofisma en su forma más fría y calculada: explicar la causa inmediata para evitar cualquier discusión sobre las causas profundas. Se cierra el caso en el plano clínico para impedir que se abra en el plano social, exactamente bajo la misma lógica discursiva que se ha visto en otros temas a nivel nacional.
Mientras tanto, la crisis de desapariciones continúa siendo una herida abierta en Veracruz. Las madres buscadoras siguen realizando labores que corresponden al Estado, encontrando restos humanos, denunciando omisiones y exigiendo justicia. Frente a esto, la respuesta institucional suele centrarse en procesos administrativos, mesas de trabajo y protocolos, que si bien son necesarios, no sustituyen los resultados.
Aquí el sofisma consiste en presentar la gestión como solución, en hacer pasar la actividad institucional por eficacia, aunque los resultados no correspondan a la magnitud del problema. Se habla mucho de lo que se hace, pero poco de lo que se logra, una constante que se repite en distintos niveles del gobierno emanado de la 4T.
La inseguridad, por su parte, se mueve en una lógica similar. Se presentan cifras, porcentajes y reducciones en determinados delitos, construyendo una narrativa de control que no siempre coincide con la percepción ciudadana.
La gente sigue sintiendo miedo, sigue enfrentando riesgos cotidianos, y esa experiencia no desaparece por la existencia de indicadores favorables.
El sofisma aquí no niega la violencia, la reconfigura estadísticamente para hacerla menos visible, menos urgente, menos políticamente costosa, manteniendo una narrativa que intenta sostener la idea de control.
Algo parecido ocurre en el sistema de salud, donde el discurso insiste en la transformación y mejora, mientras que en la práctica persisten quejas por falta de insumos, de personal y de atención digna. La narrativa se construye hacia el futuro, hacia lo que será, mientras el presente sigue mostrando carencias evidentes que afectan directamente a la población.
Decir que un sistema mejora cuando la experiencia cotidiana de los usuarios indica lo contrario es, nuevamente, una forma de sofisma que busca sostener una percepción positiva sin modificar la realidad.
Las carreteras en mal estado, el abandono de zonas rurales, la falta de resultados visibles en sectores clave del estado forman parte del mismo patrón. Los problemas existen, son evidentes, pero rara vez se reconocen con la contundencia necesaria. Se explican, se justifican, se atribuyen al pasado o se proyectan hacia soluciones futuras que no terminan de materializarse.
El punto de fondo es que el sofisma no resuelve problemas; los administra políticamente. Permite ganar tiempo, reducir el costo inmediato de una crisis, sostener una narrativa de control, pero no modifica las condiciones que originan el problema.
Y ese mecanismo tiene un límite muy claro: la realidad.
La realidad se impone cuando el agua entra a las casas en Poza Rica, cuando el chapopote llega a las playas, cuando la inseguridad deja de ser una cifra y se convierte en una experiencia personal, cuando la falta de atención médica deja de ser una queja y se vuelve una urgencia vital. En ese punto, el discurso pierde capacidad de contención.
Porque el sofisma vive del lenguaje, pero la realidad vive en la experiencia directa de las personas, y esa experiencia no puede ser sustituida por ninguna narrativa.
En Veracruz, esa distancia entre lo que se dice y lo que se vive se está ampliando de manera preocupante. Cada vez que una versión oficial no coincide con la experiencia ciudadana, se erosiona un poco más la confianza en el gobierno. Cada vez que se intenta suavizar lo evidente, se profundiza la percepción de desconexión.
El problema ya no es solo la falta de resultados, sino la pérdida de credibilidad. Y un gobierno puede resistir errores, pero difícilmente resiste la desconfianza sistemática que se genera cuando el discurso se percibe como una construcción constante.
Sin credibilidad, el discurso se vuelve ruido. Sin credibilidad, cualquier explicación suena a justificación. Sin credibilidad, el poder pierde su capacidad de interlocución con la sociedad.
El reto para Veracruz no es menor. No se trata únicamente de mejorar la gestión pública, sino de recuperar algo más profundo: la honestidad en el lenguaje, la claridad en la comunicación, la disposición a asumir la realidad tal como es, sin matices convenientes ni reinterpretaciones estratégicas.
Porque gobernar no es construir explicaciones sofisticadas para justificar lo que no funciona, ni sostener narrativas alineadas a un proyecto político cuando la realidad las desmiente. Gobernar es enfrentar los problemas, reconocerlos y resolverlos.
Y mientras el sofisma siga siendo la herramienta para administrar cada crisis, como ha ocurrido en buena parte del discurso del México de la 4T, Veracruz seguirá atrapado en una narrativa donde todo parece explicarse con palabras… pero nada termina resolviéndose en los hechos. |
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