Por Héctor Yunes Landa
El 27 de octubre de 1992, la banda de rock mexicana Maná lanzó al mercado su álbum ¿Dónde jugarán los niños?, tal vez el más importante y reconocido de su exitosa carrera.
Evocaba una reflexión profunda sobre el futuro que le esperaba a esa generación de niños mexicanos, ante la pérdida de espacios verdes y la degradación del planeta, de niños que no volverían a jugar en las calles.
La frase se convirtió en un ícono musical pero también en trágico presagio. Los niños no sólo perdieron los espacios públicos, sino que se han convertido en víctimas directas o colaterales de la peor violencia que se vive en el mundo para un país sin guerra.
Este fin de semana, dos notas periodísticas brutales, estremecedoras, comparten el mismo espacio en el portal de noticias de El Universal: “asesinan a tiros a abuela y a su nieta de 10 años en Xochimilco; no hay detenidos”; y “hallan cuerpos de una familia dentro de camioneta en Guadalajara; dos de las víctimas son menores de edad”.
No conocemos sus nombres; tampoco el de sus familias. No sabemos las circunstancias ni las abominables razones que motivaron a los asesinos. Lo que nos conmueve, lo que nos indigna, lo que nos sacude, es que tenían la edad de nuestras hijas e hijos, incapaces de comprender porque una sociedad rota por la violencia les arrebata la vida en cualquier momento.
Hemos ampliado el castigo a los secuestradores y a la desaparición forzada, hemos reclasificado el feminicidio, se ha impuesto la prisión preventiva oficiosa, pero ¿qué hemos hecho para impedir el genocidio infantil, del que somos indolentes observadores?
En México, desde hace una década, todos los días, más de seis menores de edad son asesinados. La totalidad de las muertes por homicidio de personas de 0 a 17 años entre enero de 2015 y mayo de 2025 ascendía a 26,253. Absolutamente demencial.
En los primeros cinco meses de 2025 se registraron 958 homicidios de niñas, niños y adolescentes, según datos de la Red por los Derechos de la Infancia en México (Redim).Durante el sexenio pasado en Veracruz, se registraron más de 200 asesinatos de infantes, según la misma fuente.
En la mayoría de los casos, ni siquiera sabemos las razones por las que han muerto la mayoría de ellos, porque los responsables están impunes. Sólo una nota efímera en los noticieros sirve de epitafio.
En 2011, la Red por los Derechos de la Infancia en México estimó que 35 mil niñas, niños y adolescentes formaban parte de grupos delictivos organizados. Siete años después, en 2018, las autoridades mexicanas calcularon que cerca de 460 mil menores tenían algún rol dentro de estas organizaciones criminales, revelando una gran discrepancia en los registros oficiales. Hoy son más de medio millón.
¿Por qué es más urgente la reforma electoral que una estrategia nacional para impedir el homicidio de menores de edad y su participación en los grupos de delincuencia organizada? ¿Acaso nos distraen con escándalos decorrupción y los lujosos excesos para que no miremos el funeral colectivo?
Si perdemos nuestra capacidad de protegerlos, si el gobiernoes incapaz de garantizar su protección frente a todas las formas de violencia en su contra, si les arrebatamos la vida y la esperanza, entonces sólo nos quedará preguntar:
¿Dónde morirán los niños?
La puntita
La ratificación de Esteban Ramírez Zepeta como dirigente de Morena en Veracruz causó mucha alegría en la oposición y exacerbó las rencillas entre morenistas. ¡Quién lo iba a decir! |
|