El reciente Consejo Técnico de la Zona 10 (CTZ) de educación secundaria, no fue una reunión administrativa más. Se convirtió en un espejo que reflejó la realidad que se vive en las aulas. Directores, subdirectores y apoyos técnicos nos sentamos a dialogar bajo una premisa cruda: ¿qué nos está doliendo en las escuelas y qué estamos haciendo —o dejando de hacer— al respecto? Lo que emergió de este ejercicio de “comunidad de aprendizaje” no solo describe la realidad docente, sino que lanza una alerta roja sobre el tejido social que sostiene a nuestros adolescentes.
Uno de los puntos más honestos de la jornada fue el reconocimiento de la “zona de confort” en la enseñanza. Se habló de la necesidad de sacudir la cotidianidad mediante el liderazgo entre pares y el diálogo reflexivo. No se puede exigir innovación al alumno si el docente no está dispuesto a actualizar su propia práctica.
A esto se suma la falta de trabajo colaborativo. Como bien señaló uno de los equipos, solemos "hablar mucho, escribir poco y hacer nada". La propuesta es clara: si queremos que los maestros colaboren, debemos identificar problemas específicos por grado y aula; que la necesidad pedagógica sea el motor del equipo y el interés del docente, no la burocracia.
La crisis de comprensión lectora sigue siendo la brecha persistente y la tragedia silenciosa en el aula. Desde el inicio del ciclo escolar se detectaron severas dificultades y se decidió incorporarlas al Programa de Mejora Continua. El consenso es absoluto: a leer se aprende leyendo, y esta responsabilidad no debe recaer solo en el campo de Lenguajes, sino en todas las disciplinas.
Sin embargo, hoy nos enfrentamos a un nuevo jugador: el uso desmedido de la tecnología y la Inteligencia Artificial. No se trata de prohibir, sino de redoblar esfuerzos en las habilidades comunicativas básicas. Si el alumno no comprende lo que lee, la tecnología no será una herramienta de expansión, sino una prótesis para la pereza intelectual.
Quizás el punto más doloroso del debate fue el diagnóstico sobre el entorno familiar. Los directivos coincidieron en una realidad alarmante: el alto índice de reprobación y rezago no es solo un fenómeno académico; está vinculado a la mala alimentación, el insomnio y la falta de supervisión de los deberes escolares en casa. Los docentes reconocieron que se deben esforzar más para hacer las clases interesantes para los alumnos.
Resulta frustrante observar cómo la escuela intenta implementar estrategias personalizadas para alumnos neurodivergentes o con rezago, mientras se tropieza con una pared de indiferencia familiar. El término surgió con fuerza: muchos padres han comenzado a ver la secundaria como una guardería de adolescentes. Van por compromiso, pero no se involucran en los acuerdos ni en el desarrollo cognitivo de sus hijos.
Los equipos intercambiaron opiniones: uno exponía su punto de vista y otro le replicaba, cuestionaba o ampliaba el tema, con la finalidad de fomentar el respeto y el diálogo reflexivo. Tras casi dos horas de debate respetuoso y diálogo informado, la conclusión es agridulce. Por un lado, existe una planta docente consciente, capaz de autorreconocer sus fallas y proponer grupos de liderazgo. Por otro, enfrentamos un escenario de omisión familiar que deja al adolescente a la deriva.
La escuela secundaria sigue siendo el lugar donde se aprende a interpretar el mundo, pero no puede hacerlo sola. Necesitamos que el compromiso que se vive dentro de los Consejos Técnicos cruce la puerta de la escuela y llegue hasta la mesa de cada hogar.
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