Como un transeúnte que ha recorrido ya un largo trecho, confieso que pocas veces encontré tiempos de incertidumbre tan persistentes como ahora. Quizá son rasgos de una pospandemia que ha acentuado algunas aristas muy complejas. En el largo transitar por la vida, se conocen personas con quienes se establecen relaciones por diversos motivos, se crean amistades sólidas que son un refugio, pero también se cultivan rencores, se provocan envidias, se enfrentan muchos problemas que surgen por el odio, el egoísmo y el resentimiento. La convivencia humana, al parecer, despliega esa amplia gama de claroscuros emocionales.
Hay espíritus enfermos que no logran resolver sus problemas personales y terminan volcando un caudal negativo de apasionamientos a su alrededor. Crean ambientes tóxicos que entorpecen la armonía de cualquier comunidad o colectivo de trabajo. Estos seres humanos, a menudo sin pretenderlo, complican la existencia de los demás, a veces con efectos devastadores. Son seres nocivos que entorpecen las buenas relaciones de quienes por azares del destino entran en su círculo familiar, amistoso o laboral.
Son personas que introyectan lo más sombrío del entorno (lo peor de los demás) y no son capaces de manejar reflexiones propias que les ayuden a comprenderse a sí mismas. Malgastan su tiempo hostigando con necedades y una visión limitada de la vida, proyectando en los demás sus propias carencias. Lo más preocupante es que algunas ni se dan cuenta de la clase de personas que son y creen, para ahondar la toxicidad de sus conductas, que tienen la razón en todo.
A menudo estas personas dan una apariencia falsa ante quienes no conocen su cotidianidad. Venden una imagen simulada de lo que realmente son. Mitómanos que creen sus propias ficciones y se ofenden fácilmente si se les marca un desacierto, que, por lo demás, reconozcamos que todos cometemos errores en cualquier momento de la vida. Personas incapaces de entender que el mundo es lo suficientemente vasto para cobijarnos a todos.
Esta falta de empatía genera atmósferas de malestar y estrés que atentan contra el bienestar emocional del colectivo. Al enfocar sus energías en la satisfacción de sus propias ambiciones, insatisfacciones o inseguridades, olvidan las necesidades del otro, encontrando a veces un placer insano en la mortificación ajena.
Todos conocemos personas así. Algunos conviven ignorándolas; otros entran en confrontación; hay quienes marcan distancia y procuran llevar la fiesta en paz; otras personas son mediadoras y promueven la calma de los ánimos; otros optan por la indiferencia. Quienes hacen un llamado a la armonía, con palabras y conductas, devuelve la confianza en la condición humana que, aunque multifacética, es esencialmente sensible.
Estos tiempos de “guerra en la paz”, necesitan del esfuerzo de todos para no perder la cabeza, para no hacer más áspera la convivencia y las relaciones entre iguales. Los escenarios que vivimos ya son suficientemente tensos en la calle, en los ambientes políticos, en los centros de reunión, en las noticias, en las familias, y hay que acudir a la resiliencia para convivir con la discordia sin contagiarse de ella.
No se pierde la confianza en la condición humana. Quienes prefieren la templanza, la armonía, la sensatez, el respeto, la empatía, el reconocimiento al esfuerzo del otro y tienen la resiliencia para convivir en cercanía de las personas conflictivas, definitivamente son la mayoría. La principal tarea es conservar el equilibrio, evitar que se extienda la sensación de que todo está mal. Si algunos viven en conflicto interno, no significa que los demás también tengan que hacerlo.
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