El derrame de hidrocarburos en las costas de Veracruz no solo es un desastre ambiental: se trata de un caso emblemático de mentiras, opacidad, evasión de responsabilidades y la reacción tardía del gobierno de Morena.
Es un desastre que nadie en el gobierno se atrevió a reconocer… hasta que fue imposible ocultarlo.
Nos ha dejado una postal inolvidable: playas ennegrecidas, fauna cubierta de chapopote y pescadores mirando al horizonte como quien espera respuestas… o al menos una explicación que no cambie cada 24 horas. Porque si algo ha fluido con más velocidad que el petróleo, ha sido la ‘creatividad’ discursiva del gobierno.
Con toda la ingeniería y tecnología satelital existente, sólo en México puede presentarse un desastre natural de tales dimensiones y después de casi dos meses, ignorar el origen del derrame de combustible, que lo mismo, podría estar en el complejo Cantarell en Campeche o en un barco huachicolero en Tabasco.
Tan preocupante como el desastre ecológico es la infame coreografía discursiva para ocultar la verdad.
Fase uno: la negación. “No hay derrame”, se dijo con serenidad y soberbia. Las manchas eran, quizás, sombras, efectos ópticos o simples malentendidos entre la vista humana y la realidad. Después de todo, ¿quién le va a creer a unas olas sospechosamente oscuras?
Fase dos: la minimización. El derrame pasó de no existir a ser “mínimo”. Una especie de contaminación light, baja en impacto y alta en optimismo institucional. Un pequeño detalle ambiental que no debería interrumpir ni el turismo ni la tranquilidad gubernamental.
Hoy el gobierno sigue hablando de playas limpias, mientras las toneladas de residuos se acumulan en más de 630 kilómetros de litoral. Total, si hay chapopote en las playas, que sean los propios turistas los encargados de confirmarlo ahora en Semana Santa.
Fase tres: pero como todo buen guion, necesitaba un giro: el origen. Aquí la creatividad alcanzó niveles admirables. Porque, aunque el hidrocarburo parecía sospechosamente vinculado a Petróleos Mexicanos, la explicación oficial sugirió que no había conclusiones.
Que el petróleo, ese viejo conocido, podría haber llegado de cualquier parte: un buque fantasma no identificado, “chapopoteras”, corrientes marinas rebeldes, instalaciones petroleras del gobierno o quizá una aparición casi mística del subsuelo.
Todos los males de la ineptitud y la naturaleza al mismo tiempo y en el mismo lugar.
El caso del derrame en Veracruz no es solo un accidente ambiental. Es el reflejo de la perversión de un gobierno donde se detecta tarde, se informa poco, se investiga lento, y se responsabiliza… a nadie.
Y cuando Morena no encuentra culpables es porque se esconden en sus entrañas.
Y así, entre declaraciones contradictorias y manchas imposibles de ocultar, Veracruz vuelve a recordarnos que en México los desastres ecológicos no solo se enfrentan con escobas y detergente… sino también con discursos que, al igual que la verdad, nunca llegan a tiempo.
El desastre ecológico al que nos enfrentamos podría tardar hasta 20 años en remediarse. Para entonces, los infames que lo han provocado y han mentido sobre él sólo existirán en la memoria de los veracruzanos.
La puntita
La sepultura del Plan B ha dejado muy satisfechos a muchos morenistas. Desde Palenque, infringieron otra humillante derrota a la presidenta Sheinbaum. Además, muchos gobernadores creen que ya no tendrán que ir a la guillotina de la revocación de mandato. |
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