MOMENTO DE ACOTAR |
Francisco Cabral Bravo |
2025-08-25 /
22:31:02 |
Echan los caballos para atrás |
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Francisco Cabral Bravo
Con solidaridad y respeto a Rocío Nahle García y Ricardo Ahued Bardahuil
La UNAM demuestra que ha sido en el pasado, lo es en el presente y lo será en el futuro el cerebro de la nación. Nada más, pero nada menos.
La mexicana es la Constitución con el mayor número de garantías. Pero sin control de constitucionalidad, el gobernado queda al capricho del gobernante.
Cuando el control constitucional se contamina de poder político ocurre una metástasis denominada lexoma o cáncer en el sistema de justicia.
Ya Voltaire decía que mientras más obedezcamos las leyes, menos tendremos que obedecer a los gobernantes, y nosotros podemos agregar que mientras los gobernantes más obedezcan la Constitución que juraron respetar, menos tendrán que engañar a los pueblos que juraron servir.
El más importante de todos los derechos es el derecho a defender nuestros derechos. Cuando se pierde ese derecho, se han perdido todos los demás.
En un mundo civilizado, no debe existir ningún ser humano tan poderoso que tenga todos los derechos.
Y no debe existir un ser humano tan débil que no tenga algún derecho. El diagnóstico infalible de una civilización tan solo contiene dos axiomas.
Dime cuántos derechos tiene el ciudadano y te diré que puedes. Dime cuántos derechos tiene el gobernante y te diré que esperes.
En la vida política civilizada hay juegos prohibidos, hay juguetes indebidos y hay jugadores proscritos.
No se juega con la Constitución Política, como lo hizo Victoriano Huerta. No se juega con la Suprema Corte, como lo hicieron los petroleros extranjeros. No se juega con las elecciones, como lo hizo Porfirio Díaz.
Hoy, el arrebato nos sugiere que ya no hay centralistas y todos somos federalistas. Que hemos llegado a la práctica del federalismo como los estadounidenses.
Así en ocasiones, el frenesí nos insinúa que ya no hay absolutistas y que todos somos demócratas. Que hemos arribado a la práctica democrática de los franceses. Que nos satisface el pluralismo ideológico, el pluripartidismo electoral y la convivencia tolerante. La Constitución Política no ha tenido partido ni sexenio que la defienda. Le ha ido bien o mal, según su mera suerte.
En otro tema decía en columna anterior que cuando la doble moral se normaliza, especialmente en las altas esferas, crea una cultura de impunidad y de degradación ética. El mensaje es claro, las reglas son para los débiles; Los fuertes pueden transgredirlas sin consecuencias reales. Esto no solo permite la corrupción y el abuso sino que también degrada el estándar ético colectivo. Lo que antes era inaceptable se vuelve tolerable, luego común.
¿Existe un antídoto posible? ¿Podrá la humanidad construir una ética de la coherencia? Este cáncer que se extiende por el mundo, con todas sus metástasis, corrompiendo y degradando la urdimbre social, ¿Puede ser combatida?
Combatir la doble moral no es tarea sencilla, pues toca fibras sensibles del poder, el interés y la psicología humana. ¿Tendrá la gente en el poder la voluntad de impulsar una autocrítica rigurosa?
Lo dudo totalmente, porque esto equivaldría a impulsar tanto a individual y colectivo, la honestidad para examinar acciones y propias contradicciones. Esto es válido para cualquier persona que quiera generar ese cambio. Bien dice el proverbio popular: “La caridad empieza por casa”. ¿Estoy aplicando el mismo estándar a los demás que a mí mismo? ¿Estoy dispuesto a aceptar las consecuencias de mis principios, incluso cuando me perjudican? Si algo necesitamos en México son instituciones sólidas que exijan transparencia en la toma de decisiones, aplicación de normas y mecanismos efectivos e imparciales de rendición de cuentas. Que nadie, independientemente de su estatus, esté por encima de la ley o la ética común.
De la misma manera, fomentar la educación ética con enfoque crítico es una de las exigencias fundamentales de nuestro país. Necesitamos crear una sociedad pensante, no seres “aborregados” que son peores que un rebaño de cabras babosas o un cardumen de peces con un micro cerebro que no les da para cuestionar las burdas tonterías que les llegan a “predicar”.
Fomentar desde la educación básica el pensamiento crítico, la identificación de sesgos, el análisis de la coherencia entre discursos y acciones; la empatía que permita cuestionar y ver al “otro” como sujeto con los mismos derechos y exigencias.
“Que arroje la primera piedra aquel que esté libre de pecado”, frase lapidaria pronunciada para fariseos y saduceos, de una forma tan contundente y verás por el maestro Jesús de Nazaret, que lo menos que podemos decir, es que es legendaria y brutal como rechazo social a la hipocresía flagrante.
Nadie es perfecto. Todos podemos resbalar y cometer errores. Pero no podemos ni debemos normalizar ni minimizar los casos evidentes de doble moral, especialmente cuando provienen de figuras públicas o instituciones. la crítica constante y la denuncia social son poderosos disuasivos e imprescindibles para corregir, enmendar y visualizar el nuevo rumbo de conciencia que necesita, no solo nuestra nación. Es uno de los tratamientos primigenios que la Tierra entera requiere.
La doble moral no es una falta menor, es la sombra alargada y retorcida que proyecta el interés, el poder y la comodidad de una clase gobernante. Su persistencia es un recordatorio de que construir sociedades verdaderamente justas y cohesionadas requiere algo más que bellos discursos. Revela la fragilidad de nuestro compromiso ético cuando este exige sacrificios o coherencia incómoda. exige una vigilancia constante contra nuestra propia tendencia a la excepción, al favoritismo y a la justificación cómoda. La lucha contra la doble moral es, en esencia, la lucha por la autenticidad ética, piedra angular de cualquier sociedad que pretenda ser decente.
¿Podremos los mexicanos construir una sociedad basada en la decencia? ¿Está realmente fuera de nuestro alcance? ¿Podremos elegir líderes decentes que promuevan el respeto, la honestidad y la dignidad en las acciones y palabras?
El grave problema es que esa palabra, decencia, parece sacada hoy de una de las novelas de Isaac Asimov o de las películas de la Guerra de las Galaxias, solo la entienden en una galaxia muy, muy lejana.
En otro orden de ideas: ¿Qué sucede cuando la tragedia se convierte en un tema que se envuelve en la ligereza de lo cotidiano, de aquello que ha dejado de ser importante? ¿Qué hacemos cuando esa noticia que nos causa un impacto inmediato, en cuestión de un suspiro, se diluye entre las humeantes cortezas de un café? Quizá de inmediato opera en nuestra razón esa frágil conclusión de que el mundo ha dejado de tener sentido y es mejor apresurar el paso para que no se haga tarde. Y, sin embargo, allí queda, entre lo rutinario, esa pequeña sensación de incomodidad que nos causa la accidental astilla o la inclemente punta de un alfiler.
Es cada vez más frecuente sentir que las palabras no alcanzan para describir o narrar algo que nos permita observar la podredumbre que puede alojarse en la cotidianidad de los seres humanos. Por un lado, tratar de imaginar lo difícil que puede resultar para un periodista el intentar expresar, con un cierto estilo informativo apegado a ese “profesionalismo”, al que apelamos constantemente, aquello que rebasa todas las posibilidades de nuestro entendimiento y que se debe transmitir como parte de su oficio que es fundamental para intentar comprender el galimatías de la realidad que, por supuesto, está muy lejos de ceñirse a los discursos políticos en boga.
Quizá decidamos respirar profundamente y evitar ser devorados por esa vorágine de dolor y amargura, alejarnos de esa oscuridad que suele envolver toda certeza y esperanza.
Así, aquello que se define como lo habitual en el transcurso de los días, ha terminado por incluir esas noticias que, poco a poco, dejan de ser impactantes para una sociedad que es cada vez más indolente o, peor aún, que lleva un cigarrillo encendido a la bodega de los explosivos. En efecto, son dos maneras de comprender que, como sociedad, hemos organizado una gran verbena en medio del callejón sin salida aparente, en el que nos encontramos.
Permítame cambiar de tema la representación proporcional ha sido uno de los mecanismos más discutidos en la historia electoral en México. Surgió en un contexto de hegemonía política. Nació como una válvula de escape en tiempos del partido se convirtió en garantía de pluralidad.
Hoy se discute la Cámara de Diputados sufrirá seguramente una recomposición. El Senado volvería a tres por estado; dos para el ganador y uno para la primera minoría. El debate es intenso. Para algunos es un ajuste natural. Para otros, es un golpe a la pluralidad.
Primero. La Cámara tiene hoy 500 diputados. Trescientos de mayoría. Doscientos de lista. Diputados de escritorio se deben acabar. Diputados invisibles ya no. Diputados con respaldo ciudadano sí. Mantener listas infladas es un privilegio. Reducirlas es exigir autenticidad. La reforma actual, busca corregir. El cambio no elimina a la oposición. La política será más intensa. Más discreta. Más confrontativa, sí.
Pero también más auténtica. Menos privilegios. Más votos. Menos plurinominales no significa menos democracia.
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