| Chiapas: cine indígena reclama volver a sus comunidades, señalan cineastas de pueblos originarios. | ||||||
| Las tsotsiles María Sojob y Ana Ts'uyeb, originarias del municipio de Chenalhó, así como Florencia Gómez Sántiz, tseltal, de Oxchuc, convinieron también en que por su condición de mujeres e indígenas en un texto de machismo y racismo, no les ha sido fácil narrar las historias de sus pueblos en películas y documentales. | ||||||
| Viernes 29 de Mayo de 2026 | ||||||
| Por: La Jornada | ||||||
Las tsotsiles María Sojob y Ana Ts'uyeb, originarias del municipio de Chenalhó, así como Florencia Gómez Sántiz, tseltal, de Oxchuc, convinieron también en que por su condición de mujeres e indígenas en un texto de machismo y racismo, no les ha sido fácil narrar las historias de sus pueblos en películas y documentales. Las tres participaron en el conversatorio Miradas convergentes: El cine en tseltal y tsotsil, un espacio dedicado a reflexionar sobre la evolución de la cinematografía y la narrativa audiovisual desde la perspectiva de los pueblos originarios, organizado por el Centro Estatal de Lenguas, Arte y Literatura Indígenas (CELALI), bajo la moderación de su directora, María de la Flor Gómez Cruz, quien destacó que con su trabajo “las compañeras han iniciado un caminar desde los pueblos originarios y está tenido un eco y una voz en Chiapas, a nivel nacional e internacional”. Añadió que “la primera etiqueta sobre su trabajo, es que es cine indígena y luego que son mujeres las que lo hacen”, al tiempo de señalar que “el tema de género está muy presente en sus trabajos, en los que se cuenta la visibilización y la participación, la voz de mujeres que tienen una vivencia propia en las comunidades. Nos ayuda también a interpelar, cuestionar y reflexionar, principalmente sobre el papel de las mujeres en la lucha por el territorio, el cuidado de la vida, el ejercicio de los cargos”. Cada una de las participantes -las tres cursaron la carrera de comunicación- contó cómo iniciaron y las dificultades que pasaron para filmar películas o documentales con historias nacidas en pueblos originarios, con las cuales han ganado diferentes premios nacionales e internacionales. María, uno de cuyos documentales se titula Toté-Abuelo, dijo que “ya estando fuera de la comunidad nos damos cuenta de que somos indígenas, algo que no ocurre en la comunidad. Nos hemos apropiado de la etiqueta y desde esos espacios y elementos hemos podido registrar situaciones, historias, momentos que alguien de fuera lo haría de manera distinta”. Señaló que “aprender desde la raíz ha sido importante para que las películas vayan adquiriendo chulel (alma, espíritu). Lo que me ha pasado es que inicié haciendo estas películas sin saber lo que era, pues eran para dejar un registro, una memoria visual, sonora de mi abuelo y personas importantes en mi vida y ya después trascendieron a una sala de cine. Las historias me buscan a través de los sueños, no yo a ellas”. Continuó “Estoy en un proceso de reflexión sobre cómo construir la historia y que conecte con la gente de la comunidad, que la puedan ver las personas de fuera, pero que la gente de la comunidad se sienta identificada no sólo porque está en tsotsil. Lo más satisfactorio y que ha alimentado mi corazón, mi energía es poder regresar a mostrar las imágenes”. Subrayó: “Poder llevar el cine a la comunidad ha sido lo más satisfactorio y bonito, tener el reconocimiento de la gente que dice ‘ellos graban y hacen esto’. Que sepan que llevamos a otras partes las historias, pero las regresamos y aquí se quedan, son de ellos, con el pleno conocimiento de que las imágenes van a salir y a viajar por acuerdo de la comunidad. Lo que sigue es que el cine llegue a las comunidades e inspire a otras niñas, sobre todo a ellas porque se les limita mucho”. Ana, cuya película Lichan comenzó a exhibirse en días pasados en salas de Cinepolis, entre otras, comentó que “soy de la nueva generación de la ola de cineastas de pueblos originarios, pero el camino, los retos y tropiezos son los mismos porque nuestro cine está etiquetado como indígena. Crecimos viendo películas de Hollywood. Nunca había visto yo material en mi lengua hasta cuando tenía 17 años que encontré el documental Acteal, diez años de impunidad y cuántos más, de José Alfredo Jiménez. Marcó mi decisión. Tuve una niñez hostigada y militarizada. Me marcó mi decisión poque era real, no de matanzas de ficción, sino que sucedió en mi comunidad (Chenalhó)”. Expresó que ella narra “desde una postura como mujer tsotsil de pueblos originarios. Me he enfocado más en temas personales e íntimos. Algunos asesores me preguntaron si mi intención era aburrir al público y yo dije que no vine a entretener al público, sino que con mi narrativa quiero cuestionar, reflexionar, hacerlos pensar, que vean cómo pensamos nosotros. Con Lichan ha sido una rebeldía total de decir quiero hacer lo que quiero y cómo yo percibo la vida, lo que me enseñaron”. Aseguró que “lo que me sostiene frente a un sistema cinematográfico violento, machista, elitista y que etiqueta a nuestro cine es el valor emocional; por qué quiero contar esta historia y por qué soy la indicada para contarla. El primer comentario desde que estudié comunicación y en el cine es te vas a morir de hambre. En este círculo cinematográfico estamos llenos de retos por ser mujeres, indígenas”. Florencia, que grabó el documental Tres días, tres años, dijo a su vez que “escribir en nuestras lenguas es un reto e implica un doble trabajo. Mi documental fue pensado para las comunidades originarias y para las mujeres. Hay una narrativa de las mujeres y de los pueblos en general que se folkloriza y estigmatiza, pero no se habla de los cambios que están teniendo, cómo se están moviendo”. En las comunidades indígenas, agregó, “hay protocolos y no se puede llegar diciendo voy a hacer una película o un documental. El reto más grande ha sido poderle explicar a la gente qué es lo que queremos hacer y por qué queremos grabar porque al final de cuentas uno regresa a la comunidad y van a preguntar qué pasó cuando no vean la obra terminada. Ahí asumimos otra responsabilidad, no sólo cuidar la dignidad de las personas, sino la de devolver el trabajo que les pertenece también a ellos, porque es gracias a la comunidad que nos ha permitido estar y hemos logrado tener esos trabajos”. Remarcó: “Estos trabajos se vuelven colectivos y comunitarios, son de ellos al final de cuentas y lo otro es que, aunque nos den el permiso no significa que todo vamos a gravar. Hay una responsabilidad, un compromiso, hay que regresar los trabajos porque al final de cuentas, en mi caso es como pensado para ellos, sobre todo para las mujeres mientras nos siga moviendo este tema. Ya después tal vez vayamos a hacer obras que tengan que ver con hombres, mujeres, niños”. Dijo que “hay que seguir produciendo, creando, contando, escuchando historias y compartiendo en nuestras comunidades; ya que nos hemos acercado al cine, la tarea más grande es que se sumen más personas a este proceso. Las películas no sólo deben de estar en las pantallas o salas de cine sino en las comunidades, canchas, escuelas. Muchas de las películas chiapanecas dirigidas o producidas por directores tseltales o tsotsiles han hecho ese trabajo. Hay que seguir produciendo porque este es un movimiento que ya inicio y debe de continuar”. |
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