De Veracruz al mundo
EL VIOLENTO OFICIO DE ESCRIBIR
Alfredo Griz.
2026-02-17 / 09:22:41
El agua como botín: estiaje, negocio y omisión oficial en Xalapa y Veracruz
Incapacidad institucional para resolver la escasez de agua.
La tragedia de muchos y el negocio de otros.




Despacho 14



Por Alfredo Griz.



El estiaje no es una sorpresa. Está calendarizado. Del 1 de febrero al 31 de mayo, según la Secretaría de Protección Civil de Veracruz, inicia la temporada crítica. A veces se extiende hasta junio o julio si las lluvias se retrasan. Es un fenómeno cíclico. Lo extraordinario no es la sequía. Lo extraordinario es que, después de más de una década de crisis recurrente, las autoridades municipales y estatales sigan reaccionando como si fuera un imprevisto.

En la capital veracruzana, el desabasto dejó de ser contingencia para convertirse en sistema. Desde hace 16 años opera el programa de tandeos: un día con agua, dos o tres sin ella. En 2024 y 2025, el esquema colapsó en múltiples colonias que reportaron hasta 20 días consecutivos sin recibir una sola gota. No es una falla técnica aislada; es un síntoma estructural.

La dependencia hídrica y la fragilidad del modelo

El suministro de Xalapa depende en un 58% del río Huitzilapan, en Puebla; 38.2% proviene del río Pixquiac y apenas 4% de manantiales locales en El Castillo. Es decir, más del 90% del abasto depende de fuentes superficiales en cuencas altas. Cuando disminuye la precipitación, el sistema queda expuesto.

La jefatura de Hidrometeorología del Organismo de Cuenca Golfo Centro de la Comisión Nacional del Agua ha advertido que el trimestre marzo-abril-mayo se perfila con lluvias ligeramente por debajo o dentro de lo normal. En un contexto de sobreexplotación, deforestación en cuencas y crecimiento urbano desordenado, “dentro de lo normal” ya es insuficiente.

El problema no es sólo meteorológico. Es ambiental y político. La pérdida de cobertura forestal en zonas de recarga, el cambio de uso de suelo y la urbanización sin infraestructura hidráulica proporcional reducen la infiltración y aumentan la escorrentía. Menos agua se almacena en acuíferos; más se pierde en superficie. A eso se suma una red de distribución envejecida con fugas que, según estimaciones técnicas nacionales, puede perder entre 30% y 40% del volumen antes de llegar al usuario final.



Cifras que asfixian

El gobierno municipal de Xalapa encabezado por Daniela Griego y el del Estado por Roció Nahle, simplemente no tienen un plan, ni un proyecto para resolver el grave problema del estiaje, no hay por ningún nado si quiera el atisbo de voluntad política de preocuparse por el tema, ni por error abordar el problema y es que Xalapa que tiene más de 480 mil habitantes en su zona metropolitana. Si una colonia permanece 20 días sin agua, hablamos de miles de familias obligadas a almacenar, racionar o comprar. En el sector empresarial, el impacto es cuantificable.

La Cámara Nacional de Comercio en la capital ha documentado que el costo de una pipa de 10 mil litros pasó de 500 pesos hace dos años a 1,500 pesos en los días más críticos. Un incremento de hasta 200%. En hoteles y restaurantes, el gasto por contratación de pipas puede representar hasta 40% adicional sobre su operación mensual en temporada de estiaje. En promedio, el sobrecosto operativo ronda 20%, según datos empresariales.

Un hotel que requiere 15 pipas al mes puede desembolsar más de 22 mil pesos adicionales sólo para garantizar agua básica. Algunos establecimientos llegan a contratar hasta tres pipas diarias en picos críticos. La matemática es implacable: el agua se vuelve insumo premium.

Y mientras tanto, la tarifa de la Comisión Municipal de Agua y Saneamiento se cobra como si el servicio fuera continuo. Usuarios denuncian que en la red circula aire, pero el medidor factura volumen. Se paga por un servicio intermitente con tarifa de regularidad.

Incapacidad institucional y ausencia de inversión estratégica

El gobierno municipal de Xalapa ha administrado el tandeo como política permanente. No hay evidencia de un plan integral de ampliación de fuentes, modernización masiva de la red o inversión contundente en infraestructura de captación pluvial urbana a gran escala.

En el puerto de Veracruz, la situación no es menos delicada. Colonias completas han denunciado cortes prolongados y baja presión crónica. La zona conurbada Veracruz–Boca del Río depende en gran medida del sistema Jamapa-Cotaxtla, vulnerable también a variaciones climáticas y a la presión demográfica. El crecimiento inmobiliario ha sido más veloz que la expansión de la infraestructura hidráulica.

El estado, por su parte, no ha impulsado una política robusta de restauración de cuencas, reforestación estratégica y protección efectiva de zonas de recarga. Invertir en infraestructura verde no genera rentabilidad política inmediata. No corta listones. No produce fotografía. Pero es la única forma de estabilizar el ciclo hídrico a mediano plazo.

El agua como padecimiento y como negocio

Cuando la red pública falla, el agua deja de ser derecho y se convierte en mercancía. Para miles de familias, el desabasto es angustia cotidiana: lavar menos, bañarse a medias, almacenar en cubetas, improvisar tinacos. Para enfermos, adultos mayores y escuelas, puede escalar a tragedia sanitaria.

Pero en la escasez florece otro actor: la mafia de las pipas. Sin regulación efectiva en picos de demanda, el precio se dispara. De 500 a 1,500 pesos por viaje. Oferta y demanda sin contención pública. En los días más críticos, el agua se subasta.

No todos pierden en la sequía. Hay quienes capitalizan la omisión oficial. Cada día sin suministro regular es un día de facturación extraordinaria para distribuidores privados.

El costo humano y el fracaso estructural

El estiaje no es culpable. El cambio climático agrava. La deforestación acelera. El crecimiento urbano desordena. Pero la responsabilidad última recae en quienes administran.

Cuando una ciudad con casi medio millón de habitantes vive bajo tandeo crónico durante 16 años, no es contingencia: es fracaso de política pública. Cuando el estado no invierte de forma proporcional en infraestructura, restauración ambiental y modernización de redes, está administrando la escasez en lugar de resolverla.

El agua es condición básica de dignidad. Sin ella no hay salud, no hay comercio, no hay turismo, no hay vida urbana funcional. Convertir su suministro en lotería semanal es abdicar de la responsabilidad esencial del gobierno.

En Xalapa y Veracruz, el estiaje ya no es temporada. Es diagnóstico. Y mientras el ciudadano carga cubetas y el empresario paga pipas a precio de oro, la pregunta es brutalmente simple: ¿cuántos veranos más van a esperar para invertir en lo que sostiene la vida?

Porque cuando el agua falta, no sólo se vacían las tuberías. Se vacía la credibilidad del poder. Y ese vacío, como el de las cisternas, también termina pasando factura.



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