| 8M: Tres primeras veces, mujeres marchan para no callar nunca más. | ||||||
| Mujeres de distintas generaciones asistieron por primera vez a una marcha del M8, sus motivaciones fueron distintas, pero “ya era hora de estar aquí” | ||||||
| Domingo 08 de Marzo de 2026 | ||||||
| Por: Excelsior | ||||||
La más pequeña del grupo es Regina, de 12 años, que vino tomada de la mano de su mamá, Dalia: “ella tenía curiosidad, quería saber de qué se trata el movimiento”, cuenta la madre, orgullosa. Para ambas es su primera marcha. “Queremos vivir la experiencia y pedir que se cumplan nuestros derechos. Yo solo deseo que mi hija crezca segura”. Regina escucha atenta, cuando habla, lo hace con una claridad que sorprende: “A veces no sabes si va a pasar algo. No puedes salir tranquila. Vine para apoyar a las mujeres que han vivido abuso”. Sueña con bailar, aunque aún no decide qué estudiar. “Todas deberíamos dedicarnos a lo que amamos”, dice, como si fuera lo más obvio del mundo. Unos metros adelante está Diana de la Fuente, 41 años, médica veterinaria, también es su primera marcha, pero la razón es amarga: “Me despidieron por ser mamá”, relata. Tras diez años en un hospital veterinario privado, se negó a cambiar horarios porque no tenía quién cuidara a su hijo de dos años. Lo que siguió fue acoso laboral, presiones para que renunciara y la ausencia total de apoyo para lactar. “Me mandaban a la sala de juntas bajo las cámaras… o a la azotea, bajo un techo de lámina”. La voz se le endurece, no por rabia, sino por dignidad. Hoy marcha para que ninguna mujer tenga que elegir entre su profesión y su maternidad. “Criar es mi prioridad. No quiero ser una mamá ausente”. Y entonces aparece doña Rosa Mendoza, 76 años, caminando despacio, con su bastón en la mano izquierda, pero con una determinación que conmueve. “Es muy importante que estemos unidas”, alcanza a decir antes de que la voz se le quiebre. “Nos callamos mucho… de todo lo que padecimos”. Respira hondo. “Era lo que decía el esposo. Una tenía que acatarse. Y callarse para que no hablaran los vecinos”. Sus ojos brillan, pero no de tristeza: de alivio. “Ahora tengo libertad. Entré a un programa para mujeres y… me crecieron las alas”. Sonríe, tímida pero luminosa. Sobre la marcha dice que “pensé que esto era agresivo, pero no. Aquí puedo expresar mis sentimientos”. Tres mujeres, tres historias, tres primeras veces. En la multitud, sus voces se entrelazan como un recordatorio poderoso: nunca es tarde para reclamar la libertad, y nunca es demasiado temprano para aprender a defenderla. |
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