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Xalapa, Ver.- Traiciones y promesas inciertas: El Tratado de Paz, Amistad, Límites y Arreglo Definitivo entre los Estados Unidos Mexicanos y los Estados Unidos de América (porque así se llama) dio más que suficiente materia para exhibir la brutalidad con que el gobierno de Washington cerró el capítulo de la invasión a nuestro país, al tiempo que se pretendía construir un discurso que legitimara la agresión a México. Porque el Tratado, que se firmó un 2 de febrero de 1848, hablaba de una paz forzada, una amistad muy dudosa y unos límites que todavía iban a experimentar variaciones y ajustes, para desdicha de nuestro país. El sabor de la traición nunca se borró luego del Tratado de Guadalupe Hidalgo, firmado el 2 de febrero de 1848, que puso fin a la intervención estadounidense en México. México cedió más del 55 por ciento de su territorio que hoy ocupan California, Arizona, Nuevo México, Texas, Nevada, Utah y partes de Colorado y Wyoming. México reconoció al Río Bravo como frontera. Ahora con el regreso a la Casa Blanca de Donald Trump se vive una situación de riesgo latente. Este año el mandatario estadounidense pretende conmemorar los sucesos de la invasión de México por Estados Unidos, equivoca con las fechas: la victoria militar definitiva ocurrió en septiembre de 1847 al ser ocupada la ciudad de México, el Tratado de Guadalupe Hidalgo se firma el 2 de febrero de 1848, pero la ratificación del acuerdo por el Senado ocurrió hasta el 10 de marzo de ese mismo año, y el canje de ratificaciones entre ambos países ocurrió hasta mayo. Pero los términos definitivos fueron todavía más agresivos para los mexicanos. El tratado, en su versión definitiva, fue “rasurado” y modificado. El Senado de los Estados Unidos, que ratificó el tratado con 34 votos a favor y 14 en contra, eliminó los artículos IX y X, que garantizaban la protección de derechos y propiedades de los mexicanos que vivían en los territorios perdidos. El texto original respetaba los derechos de los mexicanos por un año. La versión modificada en el Senado afirmaba que, todos aquellos que decidieran no conservar su carácter de ciudadanos mexicanos, serían incorporados “lo más pronto posible [que podía significar cualquier cosa e implicaba un criterio discrecional del congreso estadunidense], al goce de la plenitud de derechos de ciudadanos de Estados Unidos”. Los derechos políticos de estas personas serían iguales a los de los habitantes de otros territorios de Estados Unidos, y “tan buenas como las de los habitantes de la Luisiana y las Floridas, cuando esas provincias, por las cesiones que hicieron la República Francesa y la Corona de España pasaron a ser territorios de la Unión Norteamericana”. En los hechos, se trataba de una promesa incierta. Esos artículos, escritos en la sacristía de la Basílica de Guadalupe, eran un dechado de buenas intenciones que pretendían legitimar la apropiación del territorio. El artículo X garantizaba la validez de las concesiones de tierra hechas por el gobierno mexicano. En la versión que ratificó el Senado en Washington y envió de vuelta a México, esas promesas habían desaparecido. No se modificaron, no se matizaron. Simplemente fueron borradas. A fin de cuentas, ese había sido el propósito originario de la invasión: disponer en todos términos del territorio arrebatado a México, y si había mexicanos en esas tierras, peor para ellos. Porque esa historia no se terminó con la firma del Tratado: las ambiciones expansionistas no tenían fin -como ahora no parece tenerlo el afán de Donald Trump- y, entonces sí, se vendería territorio mexicano a los estadunidenses, exhibiendo, de paso, la escasa visión de Estado, los miedos y las incertidumbres de los hombres en el poder en aquellos años.
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