De Veracruz al mundo
Agresiones recíprocas entre Ucrania y Rusia empantanan el fin de las hostilidades.
Ucrania lanzó 56 drones contra la terminal portuaria de Ust-Luga, en el región de Leningrado, dañando depósitos de petróleo y sus sistemas de almacenamiento. Las autoridades rusas, por voz del gobernador de la región de Leningrado, Aleksandr Drozdenko, solo informaron de un incendio en el perímetro de las empresas que hay en la zona.
Miércoles 25 de Marzo de 2026
Por: La Jornada
Foto: AFP.
Moscú.- El reciente ataque de Rusia, con 34 misiles y casi 400 drones, la mayoría contra el centro histórico de la ciudad ucrania de Leópolis, en el extremo occidental del vecino país eslavo, se interpretó aquí como represalia por los ataques de Ucrania contra el puerto de Primorsk, en la costa del mar Báltico, fundamental para sus rutas de exportación de petróleo, su principal fuente de ingresos para financiar la “operación militar especial” en territorio ucranio.

Pero estos golpes de castigo forman parte del círculo vicioso de las agresiones recíprocas que nada aportan a acercar el fin de las hostilidades. Por eso, la madrugada de este miércoles Kiev respondió con 389 drones en varias regiones de Rusia –la capital frenó la incursión de 12 aparatos aéreos no tripulados con carga explosiva entre las 12 y las 14 horas de este 25 de marzo, según confirmó el alcalde de Moscú, Serguei Sobianin– y lo peor para la industria petrolera volvió a afectar el segundo puerto en el mar Báltico.

Ucrania lanzó 56 drones contra la terminal portuaria de Ust-Luga, en el región de Leningrado, dañando depósitos de petróleo y sus sistemas de almacenamiento. Las autoridades rusas, por voz del gobernador de la región de Leningrado, Aleksandr Drozdenko, solo informaron de un incendio en el perímetro de las empresas que hay en la zona.

La agencia noticiosa Reuters, con base en sus fuentes, asegura que tanto el puerto de Primorsk como el de Ust-Luga suspendieron la carga de petróleo y sus derivados debido a los ataques masivos con drones, los cuales se consideran los golpes más duros contra la industria energética rusa en los cuatro años de guerra.

Relegada a segundo plano de las prioridades de la Casa Blanca por la guerra que desató, junto con Israel o a instancias del mismo, contra Irán y su consecuencia demoledora sobre el mercado de los hidrocarburos al cerrar Teherán el estrecho de Ormuz, el conflicto bélico en Ucrania desapareció de los titulares de las noticias, pero, todos los días, sigue causando muertes y devastación.

“Puestas en pausa”, por usar la expresión del vocero del Kremlin, Dimitri Peskov, las negociaciones trilaterales de paz (Rusia y Ucrania, con la mediación de Estados Unidos), lo cierto –opinan analistas– es que no tendría sentido que se reanuden si Moscú y Kiev continúan sin mostrar la más mínima intención de alcanzar un acuerdo justo y equilibrado que presupone hacer concesiones mutuas y no busque solo humillar al rival.

Los combates siguen con más o menos intensidad, en uno u otro sector de la vasta línea del frente, sin que se observe un cambio drástico en favor de uno o de otro, lográndose una suerte de paridad en los campos de batalla entre unas tropas ucranias más reducidas en efectivos pero mejor dotadas del arma más eficaz, los drones, y un ejército ruso más numeroso en combatientes y en tanques y otros equipos bélicos pero más vulnerable al ya no poder utilizar las terminales de Starlink, el internet satelital de alta velocidad de Elon Musk, y carecer de un sistema de comunicación propio de similares características, además de enfrentarse a aparatos no tripulados con cargas explosivas manejadas a kilómetros de distancia.

Así, como sucede cada año por estas fechas, cuando las gélidas temperaturas y las copiosas nevadas dejan su lugar a condiciones climáticas más favorables, Rusia emprendió desde mediados de este mes una suerte de ataques terrestres simultáneos en por lo menos tres direcciones del frente (en Donietsk, Zaporiyia y Sumy), sin obtener resultados significativos en ninguna parte en términos de avances sobre el terreno, más allá de conquistar decenas de metros, y a un costo de bajas muy alto.

La más reciente estimación de bajas rusas, entre muertos y heridos de gravedad, sitúa la cifra en 8 mil 700 personas en una sola semana, apuntan expertos que tienen acceso a imágenes satelitales y otras fuentes de comprobación de lo que ocurre en la zona de combates. De mantenerse esta tendencia, sostienen, el ejército ruso ya no podrá, como hacía hasta ahora, restablecer el número de efectivos caídos con los de nuevo ingreso por contrato, que era de cerca de 30 mil personas al mes.

La cantidad de reclutas disminuyó por falta de dinero –Rusia ya agotó sus llamados fondos de bienestar que formó en los años de bonanza petrolera y hasta comenzó a vender sus reservas de oro– para ofrecer una suma lo suficientemente atractiva como para arriesgar la vida con un alto porcentaje de perder la apuesta, aparte de que en la prensa local ya aparecieron informaciones sobre quejas de familiares que no pueden recibir la compensación prometida en caso de morir en combate los suyos.

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