El periodista Ignacio Ramonet narra que realizó una entrevista a Maduro previo a su secuestro por EU; endiosa al expresidente y confía que volverá, es su fan desde hace 20 años
MEMORANDUM 2.- Ignacio Ramonet, periodista español, narra que Estados Unidos realizó un ataque brutal noche del 2 al 3 de enero de 2026 para secuestrar a Nicolás Maduro y su esposa, Cilia Flores. “La intensidad de las llamas alumbrando aquí y allá una Caracas sobrecogida, desvelada y silenciosa. Y luego, como un puñetazo, la noticia del secuestro...” Todo me parecía increíble. Menos de dos días antes había estado con el presidente Nicolás Maduro y su esposa, Cilia Flores. Por décima vez consecutiva, el presidente había aceptado concederme la “entrevista del Año Nuevo”. La habíamos grabado al final de la tarde del 31 de diciembre cuando empezaba a caer la noche sobre la hermosa capital de Venezuela y se iba extinguiendo el año 2025. Esta vez, el presidente propuso que hiciéramos algo así como una “entrevista itinerante”. O sea, que mantuviéramos nuestra conversación a bordo de su vehículo particular que él mismo conducía mientras circulábamos por las animadas calles de una ciudad lista para celebrar la llegada de 2026. Nos acompañaban Cilia Flores y Freddy Ñáñez, ministro de Comunicación. Ni escoltas visibles ni gente en armas. Detalla que la tarde del 31 de diciembre, le anunciaron que el presidente Nicolás Maduro lo iba a recibir y que ya iba a grabar la entrevista. “Salí de inmediato para el Palacio de Miraflores. Era una tarde soleada y calurosa: unos 30 grados a la sombra. Al llegar, me sorprendió el sosiego del ambiente. La seguridad en el entorno de la casa de gobierno era minimalista. Por lo menos en apariencia. Entré en el palacio y me condujeron hasta el despacho presidencial. Al rato llegaron el presidente y su esposa. No se les veía para nada preocupados o intranquilos. Nicolás Maduro exhibía una forma física espectacular. Se mostraba ágil, dinámico, activo”. El comunicador destacó y aplaudió el actuar del mandatario cubano en todo momento: “Por eso yo contemplaba con mayor admiración el temple de Nicolás Maduro que ahora conversaba conmigo impertérrito, e intercambiaba con la mayor naturalidad sobre varios aspectos de la entrevista que no debía durar, me dijo, más de una hora”. “Salimos al patio del palacio y empezó la filmación de lo que llamó un “podcar”, o sea, un podcast pero grabado en un carro. El presidente me invitó a que me subiera a su vehículo estacionado a unos metros. Me senté a su lado. Como ya he dicho, ningún guardaespaldas con nosotros. Maduro arrancó, y durante una hora y cuatro minutos pudimos conversar tranquilos sobre ese momento crucial que estaba viviendo Venezuela; conocía a Nicolás Maduro desde hacía unos 20 años, cuando él era el brillante canciller del presidente Hugo Chávez. Siempre he apreciado en él su modestia, su asombrosa inteligencia, su gran cultura política, su apego al diálogo y a la negociación, su firme lealtad a los valores y principios progresistas, su fino sentido del humor, su concepción austera de la vida enraizada en sus orígenes populares, y su inalterable fidelidad al legado del comandante Chávez. Circulábamos por Caracas, una capital caótica pero entrañable. Sorteando atascos. Cualquier otro chofer perdería los estribos. Pero no el presidente, que parecía hallarse en su ecosistema natural. ¿No había sido acaso, durante tantos años, conductor de autobús en medio de los habituales tapones apocalípticos de esta ciudad? Manejar lo distendía. Conducía tranquilo, flemático, mientras exponía con claridad su análisis de la relación con Estados Unidos: “Si algún día hubiera racionalidad y diplomacia, pudieran perfectamente conversarse todos los temas que ellos quieran. Nosotros tenemos la madurez y la altura. Además, somos gente de palabra, gente seria. Y algún día todo pudiera conversarse con el gobierno estadunidense actual o con quien venga después”. Al final de nuestra conversación nos adentramos por el Paseo de los Próceres, en el corazón de Fuerte Tiuna. Nos acercamos al monumento principal. Nos bajamos. Caminamos unos pasos mientras me mostraba y comentaba las diferentes estatuas de los héroes y las heroínas de la liberación de Venezuela y de América Latina. Nos despedimos, no sin antes rogarle que nos sacáramos algunas fotos. Aceptó, como siempre, con amabilidad y sonrisas. Me alejé con un pellizco en el corazón. Viendo, en la hermosa y apacible noche caraqueña, a mi amigo Nicolás Maduro, serio y concentrado, quedarse ahí junto a Cilia, solos, amorosos y confiados. Sin saber que, apenas dos noches más tarde, el destino se abatiría sobre ellos con la ferocidad de una alimaña rabiosa. Pero felizmente, ¡están vivos... y volverán!, es el deseo del periodista.