Pese a constantes amenazas arancelarias por parte de Trump, la banca en México ha mostrado resiliencia MEMORANDUM 1.-
La confianza en el sistema financiero mexicano se explica por su solidez, asegura el presidente de la Comisión Nacional Bancaria y de Valores (CNBV), Ángel Cabrera, quien destacó niveles altos de capitalización, liquidez y una morosidad cercana a 2 por ciento. Al clausurar la 89 Convención Bancaria, el regulador indica que, pese a los episodios recientes —desde señalamientos internacionales hasta la intervención de una Sofipo—, la banca en México ha mostrado resiliencia. Comenta que “La confianza en el sistema financiero nace de su solidez”. El diagnóstico parte de los números: capital por encima de los mínimos regulatorios, coeficientes de liquidez robustos y una cartera vencida controlada. “El índice de morosidad está por el dos por ciento… Tenemos una banca múltiple bastante sólida”, afirma. El mensaje llega después de un periodo de tensión para el sistema, marcado por la quiebra de una sociedad financiera popular y cuestionamientos desde Estados Unidos a instituciones mexicanas. Aun así, Cabrera evitó hablar de una recuperación total y planteó el proceso como gradual. “La confianza… se está buscando fortalecer diaria”, señala. Desde la Comisión, indica, el enfoque ha sido reforzar la supervisión y tomar decisiones que antes se postergaba, incluyendo la resolución de entidades inviables. “Había que tomar la decisión de resolverla y se resolvió”, comenta.
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Entornos urbanos limitan el acceso a comida nutritiva para millones de mexicanos; comida sana es cara para miles de mexicanos MEMORANDUM 2.-
La posibilidad de llevar una alimentación saludable no está distribuida de manera equitativa en el país. Un análisis de la Universidad Iberoamericana (Ibero), plantea que apenas 10 por ciento de la población vive en entornos que permiten acceder con facilidad a opciones nutritivas. “Ese dato revela una realidad contundente: la alimentación no depende únicamente de elecciones personales, sino de las condiciones urbanas que moldean, y muchas veces limitan, esas decisiones”, refiere el estudio La ciudad también decide lo que comemos. Entornos alimentarios y desigualdad, presentado por el doctor Juan Manuel Nuñez, coordinador de la Licenciatura en Sustentabilidad, en el sitio electrónico del Centro Transdisciplinar Universitario para la Sustentabilidad (Centrus) de la Institución. El documento agrega que “más del 60 por ciento de la población urbana vive en refugios domésticos vulnerables, donde cocinar no siempre es una elección, sino una estrategia frente a restricciones económicas” y subraya que los alimentos ultraprocesados dominan el entorno urbano, ya que entre 20 y 25 por ciento de la población habita en pantanos alimentarios, donde la comida rápida y los ultraprocesados son lo más cercano y barato.” El documento plantea que los entornos alimentarios, es decir, los espacios en los que las personas adquieren y consumen alimentos, están profundamente atravesados por desigualdades territoriales. “En ellos influyen factores como la disponibilidad de productos, la proximidad de los comercios, los precios, el tiempo necesario para preparar alimentos y, en general, la forma en que está organizado el sistema alimentario en las urbes. Así, la idea que comer sano es una decisión individual se queda corta frente a la evidencia, ya que para millones de personas, elegir alimentos nutritivos no es una opción accesible en su vida cotidiana.” Las ciudades no sólo organizan dónde vivimos o cómo nos desplazamos; también determinan lo que comemos. La distribución de mercados, supermercados, tiendas de conveniencia, restaurantes y puestos callejeros configura verdaderos paisajes alimentarios en los que ciertas opciones predominan sobre otras, indica el análisis. En amplias zonas urbanas, especialmente en contextos de menor ingreso, es más fácil encontrar refrescos, botanas ultraprocesadas o comida rápida que frutas y verduras frescas. Estos productos suelen ser más baratos, están disponibles a cualquier hora y requieren poco o ningún tiempo de preparación, lo que los convierte en la opción más viable para muchas familias. En contraste, los alimentos saludables suelen estar menos disponibles, implican mayores costos o demandan más tiempo para su preparación. En algunos casos, acceder a ellos implica recorrer mayores distancias, lo que añade una barrera adicional, especialmente en ciudades donde el tiempo de traslado ya es una carga significativa. El análisis de la Ibero evidencia que la desigualdad alimentaria no es un fenómeno abstracto, sino una experiencia cotidiana. “Las decisiones sobre qué comer están condicionadas por el entorno inmediato: lo que hay cerca, lo que alcanza con el presupuesto y lo que se puede preparar con el tiempo disponible. Esta realidad impacta de manera directa en la salud pública.” Uno de los principales aportes del estudio es desmontar la narrativa que responsabiliza exclusivamente a las personas por sus hábitos alimenticios. Si bien las decisiones individuales importan, estas están fuertemente condicionadas por el entorno. La disponibilidad de alimentos, los precios, la cercanía de los puntos de venta y la infraestructura urbana juegan un papel mucho más determinante de lo que comúnmente se reconoce. En otras palabras, “no basta con querer comer mejor si el entorno no lo permite.” Ante este panorama, la investigación subraya la urgencia de incorporar la alimentación como un eje central en la planeación urbana y en las políticas públicas. Esto implica diseñar ciudades donde los alimentos saludables sean accesibles, asequibles y cercanos para toda la población. Desde fortalecer mercados locales y redes de distribución de alimentos frescos, hasta regular la concentración de productos ultraprocesados en ciertas zonas, las acciones deben orientarse a transformar los entornos alimentarios. “Garantizar el derecho a una alimentación adecuada no puede depender del código postal. La evidencia es clara: las ciudades también deciden lo que comemos. Y mientras esa decisión siga marcada por la desigualdad, millones de personas continuarán enfrentando barreras estructurales para alimentarse de manera saludable.” El reto, concluye el estudio, “no es sólo cambiar hábitos individuales, sino transformar los sistemas urbanos que los condicionan. Porque en el fondo, comer bien no debería ser un privilegio, sino una posibilidad real para todas y todos.”
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Sector agrícola consume 76% del agua potable en México, alertan especialistas, piden cambiar la cultura de riego y siembra MEMORANDUM 3.-
El sector agrícola usa 76 por ciento del agua potable, el cual puede incrementarse ante la demanda de alimentos por el aumento poblacional para 2050, alertan especialistas en la materia. Para contrarrestar esta tendencia se debe cambiar la cultura de riego y siembra en los productores, a través del uso de las nuevas tecnologías y la inteligencia artificial con la cual emplearán menos agua y fertilizantes en la producción de los cultivos, señala José Tiburcio, de la farmacéutica Bayer. Empero, reconoce el reto que implica debido a que muchos de los agroproductores emplean técnicas de riego y siembra aprendidas por generaciones. Durante el conversatorio Agua, productividad y sustentabilidad alimentaria: el reto estructural del campo mexicano, organizado por la farmaceútica, destacó que mediante aparatos con inteligencia artificial enfocados en el campo se podrá determinar la cantidad de humedad en las parcelas y con ello saber cuándo se necesita regar, a la vez, pueden obtener un pronóstico de lluvia y temperaturas específico para cada distrito de riego y conocer qué plantas necesitan fertilizantes. Otra manera de ahorrar agua potable en la agricultura es a través de la tecnificación de los distritos de riego. Pedro Lázaro, de la Comisión Nacional del Agua (Conagua), informa que de los más de 80 distritos que hay en todo el país, 20 de ellos están siendo restaurados con trabajos en canales de revestimiento de mampostería y concreto, rehabilitación de canales, entubamiento, instalación nueva y medición telemétrica, lo cual permitirá que el líquido que se recupere se distribuya entre las comunidades aledañas. José Ramón Ardavín, del Consejo Coordinador Empresarial, señala la importancia de reducir la cantidad de agua en este sector al ser el que más consume, pues detalló que las ciudades requieren 15 por ciento; la industria, 5 por ciento; y la generación de electricidad, 5 por ciento. Añadió que con la tecnología puede tratarse el líquido para reutilizarse, pues no en todos los servicios se necesita agua potable. Por su parte, Eduardo Viesca, representante del sector industrial, menciona que si bien una de las soluciones para reutilizar este recurso son las plantas de tratamiento de aguas residuales -en donde empresas han logrado tener una utilización de agua cero-, de las 3 mil 612 que hay en el territorio, alrededor de 2 mil 530 “no funcionan o funcionan mal, por lo cual tenemos un grave problema en nuestro país”. Menciona que muchas de ellas no operan porque casi 85 por ciento del funcionamiento es con energía eléctrica y “no alcanza el pago de los derechos que hacemos los usuarios de agua para que se pongan en marcha”. Tiburcio destaca el proyecto Carlota, herramienta digital desarrollada en México que usa inteligencia artificial y análisis de datos en tiempo real. Explicó que combina sensores en campo, imágenes satelitales, algoritmos predictivos y análisis de big data para generar recomendaciones precisas que se envían directamente a los productores vía WhatsApp en un lenguaje sencillo. Indica que hay cerca de 700 aparatos, cuyo costo ronda 40 mil pesos, distribuidos en al menos 20 estados del país, que abarcan en total cerca de 20 mil hectáreas. Reconoce que el uso de las nuevas tecnologías por parte del productor México “va lento”, debido a que la mayoría posee parcelas de 5 hectáreas a diferencia de otros países como Estados Unidos o Brasil donde un solo agricultor tiene 100 hectáreas, por ello están ya tecnificados por la escala de producción.
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