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POLÍTICA Y ENERGÍA
LorenzoReyes Mar
2011-05-03 / 22:41:18
Escenario Energético:
Jorge Díaz Serrano, quien falleció el pasado 25 de Abril del presente año, protagonizó un caso de hombre hecho a sí mismo que pudo concluir en la Presidencia de la República, según lo consideró seriamente su amigo José López Portillo, quien lo designó y removió de la dirección de Petróleos Mexicanos.



Nacido en Nogales, Sonora, el 6 de febrero de 1921, estudió ingeniería en la ESIME del IPN (y mucho tiempo después historia de México y del arte en la UNAM); y se hizo desde muy joven empresario y proveedor de Pemex.



El punto culminante de esa carrera lo representó su participación en Perforaciones Marinas del Golfo (Permargo), cuya propiedad se dividía entre los tres Jorges: Escalante, Díaz Serrano y Bush, poco antes de que éste triunfara en la política norteamericana.



Permargo recibía jugosos contratos de Pemex, que sólo en los tiempos en que Díaz Serrano fue director importaron 25 mil millones de pesos.



Valido de su amistad personal con López Portillo, Díaz Serrano dirigió Pemex de 1976 a 1981, como cosa propia, lo que le ocasionó enfrentamientos con miembros del gabinete.



Pretendió ir más allá de un convenio de provisión de gas a Estados Unidos firmado por el canciller Jorge Castañeda y aunque finalmente se atuvo a sus términos, las ocho gaseras norteamericanas a las que les proveyó ese energético lograron volúmenes y precios ventajosos.



El colmo de su autonomía llegó en junio de 1981, cuando sin consultar al gabinete económico del que dependía, pero con la autorización presidencial, disminuyó en 4 dólares el precio del petróleo sin bajar el volumen de la producción.



Anticiparse a las medidas de la OPEP a favor de los consumidores, principalmente Estados Unidos, desordenó el mercado del petróleo y enfureció a los colaboradores de López Portillo.



No quedó a éste más remedio que despedirlo aunque de inmediato aceptó hacerlo embajador en Moscú y senador por Sonora.



Ya siéndolo, De la Madrid emprendió una tardía y selectiva batalla contra la corrupción en Pemex, que culminó con el proceso a Ignacio de León y Jesús Chavarría, cercanos colaboradores de Díaz Serrano, y con el desafuero y enjuiciamiento al propio sonorense.



Dos años después de su caída en Pemex, el 29 de junio de 1983, la Secretaría de la Contraloría, cuyo responsable era Francisco Rojas Gutierrez, planteó el caso ante la Procuraduría General de la República, que pidió el desafuero del Senador, acusándolo de obtener personalmente una ganancia de 5 mil millones de pesos en la adquisición de dos buques tanque gaseros.

Por la mañana del 30 de julio de 1983, muy temprano, Florentino Ventura, comandante de la Policía Judicial Federal, ya estaba en el Palacio Legislativo. Sus hombres también. Ventura entró al salón de sesiones y lo recorrió.

Con anticipación también Jorge Díaz Serrano ingresó al recinto. Estaba ahí para enfrentar el juicio de desafuero. Vestía de traje azul. Le acompañaban sus abogados y ex colaboradores.

Aquella mañana. Los trabajadores de la Cámara habían colocado ya mesas, sillas y micrófonos a los lados del estrado. A la izquierda estarían los representantes del Ministerio Público, a la derecha, Jorge Díaz Serrano.

Y llegó el momento. A las 10 de la mañana inició la sesión, la presidía el priísta Francisco Rodríguez Pérez. El quórum fue de 357 legisladores. "Hoy, 30 de julio, la Cámara de Diputados se erige en jurado de procedencia", declaró Rodríguez.

Posteriormente, Hilda Anderson leyó el dictamen, 43 cuartillas. Jorge Díaz Serrano escuchaba. Buscaba rostros conocidos, gestos amables. Nadie respondió a sus saludos. Escuchaba y jugueteaba con un lápiz. "¿No vino público verdad?", preguntaría al ver que las galerías estaban vacías.

Fueron tres horas y 38 minutos los que quien era acusado estuvo en el salón de sesiones. Las cámaras fotográficas y de televisión, los ojos de los asistentes, la expectación y el morbo lo tuvieron atrapado. "¿Qué irá a decir? ¿cuál será la reacción de los diputados que mucho le deben y que antes se decían sus amigos?", preguntaba el diputado Óscar Cantón Zetina. "Debe sentirse como Sócrates a punto de tomar la cicuta", comentaba el panista Gonzalo Altamirano Dimas.

Aquellos personajes. Entre otros estaban Enrique Fernández Martínez, Humberto Lugo Gil, José Luis Lamadrid, Rafael Aguilar Talamantes, Iván García Solís. Fernando García Cordero era director de Averiguaciones Previas de la PGR. Él habló para fundamentar las imputaciones a Díaz Serrano.

Más adelante, el presidente de la Cámara concedía el uso de la palabra a Díaz Serrano. Este musitaba: "Me toca a mí", se levantaba de su silla, abotonaba el saco, tomaba una carpeta y se dirigía a la tribuna.

"Señor presidente..." expresó para empezar. La voz era inevitablemente temblorosa. Pedía luego que se le concedieran más de los minutos reglamentarios, pues se extendería en su discurso cuyo texto ya era repartido en las curules, en la sala de prensa, en el palco de visitantes.

Díaz Serrano en su propia defensa. "No tengo un centavo mal habido", dijo y le respondió desde su lugar la burlona carcajada de los Lajous. Mencionó también al país al que tanto amaba, se refirió a las que fueron sus legítimas aspiraciones, aseguró que su verticalidad, su dignidad e inteligencia lo hacían incapaz de cometer y siquiera de imaginar el delito por el que se le acusaba.

Cuando él terminó, solo le aplaudieron unos cuantos, los que habían llegado con él. Continuó el debate. Hablaron seis legisladores. Díaz Serrano fue invitado a pasar a otro salón. Ahí se le congeló la sonrisa que había mostrado, se pasó la mano por el cabello, se derrumbó en un sillón y pidió que lo dejaran solo, que cerraran la puerta.

Ahí escuchó el resultado de la votación, y el veredicto. Supo que todo estaba consumado. Cuando volvió a levantarse, el comandante Florentino Ventura atravesaba ya el salón de sesiones, iba a su encuentro. Todo estaba listo para su detención y encarcelamiento.

Helvia Martínez Verdayes con la que compartía su pasión por Pemex era su compañera sentimental. Ella había hecho carrera desde que era una guapa jovencita de dieciséis años que trabajaba por las tardes en la mayor empresa del país para mantener a su madre y a la que el escultor Juan Olaguivel seleccionó como modelo de su célebre escultura de la Diana Cazadora, uno de los símbolos de la Ciudad de México, de hecho llamada elocuentemente "La flechadora de las estrellas del Norte". También fue modelo de la mujer en la Fuente de Pemex.

Con el tiempo Helvia se convirtió en secretaria de los directores Antonio Bermúdez (1947 - 1952 ) y Pascual Gutiérrez Roldán (1958 -1964). Y en ese prestigioso puesto conoció al contratista, Díaz Serrano. Helvia y Jorge se casarían (él en segundas nupcias) en 1986 en el Reclusorio Norte.

Había que abrir el mercado internacional a la brevedad pues tanto el propio país como el mundo lo requerían. La crisis interna que marcó el fin de la administración de Luis Echeverría obligó a México en 1977 a abrir su tesoro petrolero, entendiendo que los bienes son para remediar los males.

Por otra parte, también se había dado la primera gran crisis del petróleo a nivel internacional. Los jeques árabes pusieron a tiritar a Europa todo un invierno, a raíz de la decisión de la OPEP, Organización de Países Exportadores de Petróleo, fundada en Bagdad (Irak) en 1962, curiosamente a instancias de Venezuela, de no vender más petróleo a los países apoyadores de Israel en la "Guerra de Yom Kipur", obviamente Estados Unidos y las principales naciones de occidentales.

Era pues para México el momento de sacudirse la política aislacionista. El nuevo presidente José López Portillo tenía un amigo reconocido como el hombre más versado en materia petrolera, el ingeniero Jorge Díaz Serrano, contratista que había ya hecho una gran fortuna y conocía como ninguno el petromundo. ¡Sabía que podría administrar para bien de los mexicanos la abundancia del petróleo!

En tres años y sin respiro Díaz Serrano convertiría a México en el productor petrolero Número 4 del planeta y desarrollaría sin precedente y a tambor batiente la petróquímica.

Había que abrir el mercado mundial pues los clientes que en un principio tenía México eran sólo dos: Estados Unidos e Israel, aunque Francia empezaba a convertirse en el tercero.

Se planearon así los viajes de apertura del mercado petrolero del Director de Pemex,

El 3 de junio de 1979, el Pozo de exploración Ixtoc I en el Golfo de México, ubicado a 94 kilómetros de Ciudad del Carmen sufrió una explosión que se convirtió en el mayor derrame de petróleo NO intencional en la historia... hasta entonces, diría la British Petroleum. Pemex estaba perforando a una profundidad 3.63 kilómetros cuando se perdió la barrena y la circulación de lodo de perforación.

Debido a esto, también se perdió la estabilidad y hubo una explosión de alta presión que provocó el reventón. El petróleo entró en ignición debido a una chispa y la plataforma se colapsó.

"Nuestro país en ese momento había iniciado un programa petrolero y petroquímico exitoso. Se había inaugurado las refinerías de Salina Cruz y Tula, lo que nos permitiría ser exportadores de petrolíferos y petroquímicos, además de que iniciaba la gran producción de petróleo crudo en Cantarell, lo cual nos colocaba como un jugador importante en el ámbito petrolero.

En petroquímica habíamos pasado de una producción de 3 millones de toneladas a 10 millones y estaba instalando 12 plantas más que nos permitirían una producción de 20 millones de toneladas. Cangrejera y Pajaritos eran los Complejos Petroquímicos más grandes del mundo, y Alta Tecnología diseñados y construidos por mexicanos auxiliados por el IMP, Instituto Mexicano del Petróleo. Nada se descuidaba.

Uno puede dudar de la afirmación de Díaz Serrano, hecha cuando López Portillo había ya fallecido y no la podía refutar. De lo que no cabe duda es que a Díaz Serrano le debemos que Pemex se haya convertido, aunque sea por un tiempo, en una potencia petrolera mundial.

Cuando llegó el momento de la baja de los precios, después de años de ascenso ininterrumpido, supo lo que tenía que hacer y lo hizo con valor. Ya los políticos se encargaron, como siempre, de actuar como si el mercado no existiera, y dejaron a los mexicanos la cuantiosa factura de su error.

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