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FRANCISCO BERLÍN VALENZUELA
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2013-11-20 / 13:18:50
SEGUNDA VUELTA ELECTORAL EN UNA DEMOCRACIA DE CONVENIENCIA
El tema de la Segunda Vuelta Electoral en los procesos comiciales, ha venido cobrando importancia en México, debido a que los partidos políticos, las organizaciones de la sociedad civil, los miembros de la academia y la sociedad en general, están considerando la conveniencia –desde hace varios años- de incluirlo en la agenda de la reforma política, como una forma de alcanzar resultados definitivos y dejar más claro el resultado de las elecciones.

Sobre todo porque en los últimos años las elecciones presidenciales han dado lugar a fuertes desavenencias, cuestionamientos e inconformidades, debido a que las cifras obtenidas por los candidatos punteros han quedado muy cerradas.

La cuestión de la segunda vuelta electoral, es desde luego un asunto polémico. Divide la opinión entre aquellos que están de acuerdo con ella -y con sus ventajas-, y los que se manifiestan en contra, por diversas razones. Entre otras, por considerar que su implantación sería perjudicial a intereses políticos, que ven en la suma de los votos de una posible coalición, el riesgo de una derrota que, sin esta figura, sería un triunfo casi seguro.

Se afirma que una visión objetiva e imparcial -académica y sociológica-, debería de conducirse por encima de los intereses de los partidos políticos implicados para instituirle como una fórmula más justa y equitativa en el contexto de las contiendas electorales nacionales y estatales. En ese tenor, se aduce que el avance democrático de la nación no puede estar sujeto a que los actores políticos que encauzan al país, solo apoyen las reformas electorales cuando consideren que las modificaciones por realizar les aseguran la continuidad del statu quo.

Es oportuno mencionar aquí, que los sistemas electorales han sido clasificados atendiendo al concepto de escrutinio mayoritario. En su forma de explicación más simple, este criterio implica que el candidato ganador del mayor número de votos en una elección es el triunfador, aun cuando la diferencia sea por un sólo voto.

Por muchos años este fue el método que se aplicó en las elecciones tradicionales. Se consideraba a la idea de la mayoría relativa, como un principio poco representativo e injusto. Con el tiempo, la tesis original -de la mayoría simple-, fue sufriendo variantes rectificadoras, tendentes a eliminar sus aspectos negativos, proponiéndose criterios equilibradores de mayoría absoluta y mayoría relativa, a una o dos vueltas; uninominales o plurinominales; pudiendo coexistir mezcladas entre sí, ambas figuras.

En el año de 1852 surgió -en Francia-, la Segunda Vuelta Electoral, conocida con el nombre de Ballottage, aplicada como un método, por medio del cual se buscó corregir la paradoja consistente en que, en una elección regida –exclusivamente-, por el principio de mayoría simple, quien –realmente-, elige es una minoría. Es decir, se declara ganador -a secas-, al que obtiene el mayor número de votos, independientemente del número de candidatos que contiendan.

En un sistema a dos vueltas, para que un candidato pueda ser considerado ganador, resulta necesario que, en la primera vuelta, obtenga la mitad más uno, de los sufragios emitidos. Es decir, registre una mayoría absoluta (en el caso de que la barrera sea de este porcentaje, porque puede ser establecida una menor). Pero si resulta que ninguno de los partidos obtiene esa cifra, entonces, los contendientes tendrán que presentarse a una segunda vuelta en la que solo participarán los dos candidatos más votados. De esa manera se resuelve -bien y con claridad-, quién es el indiscutible ganador, sin importar que en ésta segunda ocasión, se alcance el triunfo por mayoría relativa, o por mayoría absoluta.

Dentro de las variantes de los sistemas mayoritarios debemos de mencionar a los que basados en el escrutinio mayoritario -uninominal o plurinominal-, dan lugar a la elección de una persona, directamente, o de una determinada lista de candidatos para cubrir a un universo de varios escaños (representación proporcional).

Teóricamente, este sistema de segunda vuelta ayuda a evitar que las elecciones se conviertan en motivo de mayor discordia o de luchas violentas por el poder. Fue pensado para impedir que los comicios generen odios y conflictos entre los habitantes de un país. La intención de la segunda vuelta es, en última instancia, hacer más nítido y contundente la preeminencia electoral de los candidatos triunfantes. También, se apunta, genera una mayor gobernabilidad y una indiscutible legitimidad democrática. Sus panegiristas sostienen que es una herramienta efectiva para la integración de gobiernos fuertes, producto del pluralismo político existente en una sociedad. Y que es, además -por su propia naturaleza-, incluyente.

Quizás estas sean algunas de las principales razones por las que la segunda vuelta electoral se ha instituido -y ha funcionado bien-, en la mayor parte de países de América Latina. Por supuesto ha sido un sistema que, no obstante el paso de los años, ha rendido frutos positivos en Francia, su país de origen.

En todo caso se trata de una opción – ya probada-, que debe de considerarse como una posibilidad -real-, para evitar la creciente polarización política registrada en nuestros comicios presidenciales -y en no pocos de los estatales-. Hay que alejar de nuestro entorno, la posibilidad de llegar a procesos electorales violentos, o que debido al cuestionamiento de los resultados, los comicios, en lugar de incentivar la participación ciudadana, terminen convirtiéndose en una de las razones para el aumento en el abstencionismo.

Ojalá que nuestros legisladores piensen en México -más que en sus partidos, o en sus propios intereses-. Nuestra realidad política así se los exige, sobretodo en momentos como los actuales, en que la calidad de la democracia mexicana ha sido puesta en entredicho, de acuerdo con la reciente información que acaba de dar a conocer el Latinobarómetro 2013, en la que se pone de manifiesto el descenso en los niveles de credibilidad de los habitantes de nuestro país, en el que solo un 37% piensa que el sistema democrático es preferible a otros sistemas de gobierno.

Esto último debe hacer pensar a los conductores políticos de la nación, que hay que realizar reformas audaces y necesarias, que contribuyan a recuperar la confianza perdida de un gran número de nuestros connacionales en la democracia.

*Doctor en Derecho. Especialista en Derecho Electoral y Parlamentario. Autor de libros sobre esta materia.







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