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FRANCISCO BERLÍN VALENZUELA
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2013-09-27 / 22:50:26
Candidaturas independientes en una democracia cuestionada
En México se ha vuelto costumbre reformar constantemente la Constitución General de la República -y también-, a sus leyes secundarias. Se afirma que esto ocurre porque resulta necesario adecuar, cada etapa y momento, a la cambiante realidad de la sociedad mexicana. Esa dinámica ha incluido, por supuesto, a nuestro largo –y sinuoso-, proceso de democratización.

En ese tenor durante los últimos 35 años, se han efectuado numerosas “Reformas Políticas” que más bien han sido electorales. Se afirma que todas han tenido la finalidad de hacer más confiable nuestro sistema político-electoral. Pero por lo visto se asume que tal perfeccionamiento supone un ideal –o dimensión -, casi irrealizable porque tras innumerables modificaciones, resulta que es algo que nunca se ha podido alcanzar.

Para tener algún tipo de parámetro -ahora que están tan de moda las evaluaciones,- la prueba del ácido para considerar el éxito o el fracaso de las múltiples transformaciones pudiera consistir en medir la credibilidad del sistema, en términos de la confianza y de la aceptación que la ciudadanía ha tenido respecto de los resultados computados en los comicios realizados durante los últimos siete lustros. En realidad no hace falta ser muy perspicaz para ensayar una respuesta.

Pero mi visión sobre el eterno desiderátum de cambios es que, en realidad, los actores políticos -y fundamentalmente-, los partidos han sido reacios para realizar una reforma integral a nuestro sistema democrático. Un propósito así, tendría que abarcar a todos los asuntos que desde siempre se han venido aplazando. Y cuya postergación no tiene otra explicación que los grandes y complejos intereses defendidos por cada uno de ellos.

En la continuación de esa dialéctica infinita que cubre por abonos el arribo de verdaderos avances, ésta semana se aprobó -por fin-, la ley secundaria que regulará las candidaturas independientes, abriendo a los ciudadanos nuevas vías para su participación directa en los procesos electorales, sin necesidad de que pertenezcan a algún partido político.

Pero estas reformas -y otras más que se avecinan-, se hacen en el contexto de un ambiente de escepticismo ciudadano hacia los partidos. La razón: hay una -bien ganada-, desconfianza hacia ellos, debido a la forma en que, desde hace años, han venido actuando y operando. Casi siempre a espaldas y en contra de los intereses populares porque para sus decisiones y selecciones, a menudo privilegian la conveniencia política y económica de sus líderes.

El resultado: dirigentes y partidos se ven, cada día, más alejados del ciudadano de a pie. Por eso, no sería exagerado afirmar que, en el futuro mediato, la batalla por la representación política se centrará en un concepto: credibilidad.

¿Cómo se ha llegado a tal situación? ¿Cómo ha sido posible que hasta las oposiciones -de derecha e izquierda-, hayan ido perdiendo beneplácito y sustentación? Es un hecho que la gente está cada vez más distante de todos ellos. Para comprobarlo solo hay que consultar las cifras que registran los crecientes porcentajes de abstencionismo. Los electores parecieran sentirse sólo como un instrumento para que los dirigentes sigan escalando nuevos peldaños en su carrera política.

Ciertamente hay que reconocer que parte de la respuesta a esas interrogantes puede encontrarse en las crisis que de tiempo atrás vienen padeciendo -en todo el mundo-, ese tipo de organizaciones políticas. Históricamente, desde el momento mismo de su nacimiento, los partidos fueron vistos con desconfianza.

La suspicacia sobre ellos fue tanto política como jurídica. No por nada, los partidos políticos estuvieron ausentes –por muchos años-, de los textos constitucionales.

En México, por la existencia de un sistema de partido hegemónico -que dominó por cerca de siete décadas-, se generó, además, una gran incredulidad e indiferencia hacia la participación política.

Por eso hay que apuntar una observación: el arribo de la posibilidad de las candidaturas independientes surge en un momento de desilusión política de la ciudadanía. Justo cuando la desconfianza abarca también, a los integrantes de los órganos de representación política. Es decir, a los diputados y senadores. Y es que debido a una recurrente falta de sensibilidad social, los parlamentarios han logrado una gran dosis de desprestigio, haciendo que la sociedad ya no se sienta bien representada.

De todos es sabido que cuando son candidatos se acercan al pueblo con promesas y regalos de diversa índole, pero solo para obtener la votación mayoritaria.

Sin embargo, cuando ya están en el desarrollo de sus actividades se olvidan de los compromisos contraídos con sus electores, coaligándose con los intereses dominantes para votar leyes dictadas por los lineamientos de sus líderes partidistas. Con ese comportamiento corresponden a los favores recibidos al ser hechos candidatos, el apoyo económico para sus campañas y, a veces hasta el triunfo obtenido en las urnas.

En artículos anteriores, he analizado lo que llamé las grandes falacias de la democracia mexicana. Reconociendo las patologías que impiden a nuestro país alcanzar una democracia consolidada. Con esas reflexiones me he sumado al llamado hecho por muchos académicos y analistas para enfrentarlas y lograr su erradicación.

Como conclusión, puedo afirmar que en el escenario actual, las candidaturas independientes son una esperanza. Pero que su inclusión sería mucho más contundente -en términos de su contribución a la consolidación del proceso democrático-, si se les hubiera acompañado con los otros temas largamente postergados como: la reelección inmediata de legisladores, -que desde hace más de veinte años vengo alentando en mis estudios políticos-; la creación de una ley de partidos políticos que resulta urgente; la segunda vuelta electoral, tan necesaria para lograr la gobernabilidad de la nación; así como la creación de un órgano rector de las elecciones de carácter nacional que evite las manipulaciones e injerencias de los detentadores del poder en cada entidad federativa.

Hoy como ayer –en las anteriores reformas-, lo logrado es bueno, pero no alcanza para intentar acrecentar, en serio, la confianza ciudadana en los procesos comiciales.

*Doctor en Derecho. Autor de Libros sobre Derecho Electoral y Parlamentario. Miembro del Sistema Nacional de Investigadores. Articulista en publicaciones nacionales y locales.

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