ORLANDO GUILLÉN

Guillermo H. Zúñiga Martínez
04/Octubre/2008

En los albores del año 1975 recibí la visita de un paisano nuestro, inquieto desde joven por su inclinación natural hacia la creatividad literaria. Sin preámbulo, me dijo: “-Oye Guillermo, quiero trabajar aquí contigo”. Fungía quien esto escribe como Director General de Educación Popular, cuyas oficinas estaban en el cuarto piso del desaparecido edificio de Pensiones, en la calle de Zaragoza. Al instante le contesté: “-Mira Orlando, ésta es una dependencia educativa, pero existe un departamento, el de Prensa y Ediciones Pedagógicas, cuya función consiste en difundir la cultura. Si te interesa, eres bienvenido”. Con una actitud que lo caracteriza mucho, movió sus ojos escrutadores y dedicó una sonrisa muy singular para asegurarme: “-Te acepto. Ya estoy adentro”.

Así nació una muy respetuosa y cordial relación con este formidable poeta acayuqueño. Empezamos a platicar, planificar e imaginar lo que debíamos hacer desde esa oficina y pronto llegamos a conclusiones interesantes y valederas. Acordamos la conveniencia de convocar a la niñez veracruzana a participar en concursos de cuento, poesía y diario infantiles, lo que obligó a mi amigo a elaborar de inmediato las convocatorias que hicimos circular en toda la entidad.

Como resultado de la nutrida concurrencia de niños escritores, se editaron varios libros que seguramente están en esa dependencia también ya eclipsada. Una de las obras que más éxito tuvo fue “El León que Quería Volar” y otro, de contenido formidable titulado “El Diablo que se Enamoró”. Veamos lo que decía Orlando en el prologo: "El resultado de este intento extraordinario es este libro que pulsa la sensibilidad de la niñez de Veracruz, en una muestra premiada por un jurado integrado por los escritores Jorge Lobillo, Jorge Brash y Luis Arturo Ramos, todos con obra publicada y con reconocimientos y méritos en la tarea literaria; poetas los dos primeros, cuentista el último”.

Con Orlando Guillén Tapia hicimos, en la Dirección General de Educación Popular, un trabajo editorial calificado como magnífico porque no tan sólo se dedicó a eso, sino que diseñó un boletín para dar a conocer las actividades más importantes de la dependencia y se encargó de dirigir la revista “Educación”. Había encontrado una forma digna y especial para dar rienda suelta a su imaginación y servirle a la niñez y a la educación de Veracruz. Paralelamente a esas actividades, se entregaba con gran entusiasmo a escribir poemas. En una ocasión me obsequió un libro inédito y en verdad su dedicatoria fue especial porque escribió: “a un ser humano”.

Alguna vez conversamos ambos con el maestro Lenin Villegas Pérez, autor de “Carro de Asalto” y nos comentaba que a su hijo le había impuesto el nombre de León Felipe en honor a un gigante de la poesía española. Cuando Orlando casó con una ciudadana española y procrearon su primer hijo, me confió: “Mira Guillermo, mi hijo se va a llamar Rilke, que es un poeta superior a León Felipe”.

Orlando se fue con su familia a España y desde hace muchos años no he tenido el privilegio de volverlo a saludar, conversar y disfrutar su talento. He sabido de él por la demanda que interpuso en contra del Estado Mexicano cuando lo representaba ese ignaro de nombre Vicente Fox, que tanto desprestigio nos ha acarreado; su protesta se fundamenta en que el Gobierno Federal violó sus derechos y desde 2004 está luchando porque las autoridades reparen el daño que le han causado. La queja la presentó ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos.

Estas líneas las escribo con el propósito de recordarlo y de agradecerle su contribución hacia un ideal en el cual pienso desde hace mucho tiempo y que consiste en que a los niños, en lugar de imponerles gramática y someterlos a ejercicios francamente tortuosos, se les debe iniciar en la lectura y enseñarles a comprender lo que leen, a disfrutar los textos y además a ser creadores, ideas que obviamente me recuerdan al maestro Carlos A. Carrillo y a un pedagogo que merece mi respeto, admiración y cariño, que es Arnulfo Pérez Rivera.

Confieso que el presente trabajo tiene también como finalidad decirle a Orlando que siento mucho la partida de su hermano Ramiro, quien se inmoló en la Plaza Lerdo, de Xalapa, sembrando sueños de justicia social y entregando su vida a una causa justa que después de su muerte empieza a dar sus frutos.
Le mando un abrazo al poeta, pero principalmente al amigo.

ghector42@hotmail.com
ghzm1@yahoo.com.mx


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