| Desde
un destacado columnista que le calificara como show, hasta el
secretario de gobierno que minimizara la relevancia social y de
política interna de un hecho insólito -a todas luces
triste y lamentable- en suelo veracruzano, nadie, en los círculos
políticos y mediáticos de la entidad, interpretó
el verdadero significado de la inmolación del luchador
social y líder agrario Ramiro Guillén Tapia; eso
reflejó tanto el silencio de la burocracia partidista como
el tratamiento a la información por los medios y opinión
de diversos comentaristas. Hubo necesidad de que un hombre, conocedor
del trasfondo espiritual de la conducta humana, alzara su voz
para destacar y entender un hecho ya conocido y comentado en el
mundo entero.
Sí. Únicamente el Arzobispo de Xalapa, Hipólito
Reyes Larios, dijo que la muerte del dirigente indígena
es una “llamada de atención a las autoridades para
que tengan oídos y ojos abiertos a la realidad, siendo
urgente hacer justicia y evitar que más personas recurran
a medidas desesperadas para ser escuchados”.
Pueden ser muchas las voces justificando la actuación de
las autoridades estatales y federales, en este caso específico
o en otros similares. Fundamentadas o no, lo cierto es que en
todo el país empiezan a surgir “llamadas de atención”
que no pueden echarse en saco roto, ignorándolas o minimizándolas.
Hoy, a cuarenta años de la masacre del 2 de octubre del
68, otro hecho insólito lo recomienda: un joven brillante,
tras recibir de manos del Sr. Calderón Hinojosa en Palacio
Nacional un valioso reconocimiento por su desempeño académico,
cara a cara, de frente, le espetó a la máxima autoridad
de este país el epíteto de “espurio”.
Guardada la necesaria proporción, entre el acto voluntario
del dirigente campesino auto inmolado y el atrevimiento del joven
galardonado, no existe diferencia. El valor para manifestar el
descontento social frente a un gobierno sordo y omiso les iguala.
¿Qué pasa en México? Es lo que deberían
preguntarse las autoridades frente a hechos que hablan por sí
solos de un país sin rumbo, víctima de la pobreza
y la desigualdad, sumido en la corrupción, la impunidad,
la desconfianza y el burocratismo. Pero también, para nuestro
infortunio, en un cada vez mayor grado de indiferencia y deshumanización
en amplios sectores de la población.
El Arzobispo Reyes Larios, por diplomacia o por no lastimar la
imagen del gobierno que preside su amigo, Fidel Herrera Beltrán,
se quedó corto. La “llamada de atención”,
equivale a un “ya basta” y así se interpreta
en los sectores más desprotegidos, especialmente en las
comunidades indígenas cuya paciencia se agota, tras quinientos
años de espera de un trato justo que nunca llega.
He escuchado algunos comentarios en los que se señala “que
el mal ya está hecho, la noticia de la inmolación
de Ramiro Guillen Tapia ha dado la vuelta al mundo para desprestigio
de Veracruz”. U otros que consideran que “lo ganado
por el gobernador con la promoción de la entidad en los
círculos internacionales del poder económico y financiero,
se derrumbó en unas horas a causa de un loco”. “Miguel
Ángel Yunes capitalizará a su favor la pifia de
la secretaría de gobierno”. “Ante la cercanía
del proceso electoral del 2009, hay que meterle billete para parar
el escándalo”.
La pobreza de la política veracruzana así se expresa.
Por encima de los intereses de las mayorías, sus carencias
y sus actos desesperados, se impone el discurso vano; el falso
baño de pueblo; los intereses particulares o de grupo de
una minoría insensible y falta de visión, que todo
lo tasa en votos y componendas.
Frente a ello, con la complicidad del silencio de los medios,
la interpretación del Arzobispo quedará como una
puntada anecdótica de la ultraderecha clerical. Para el
pueblo común, para los indígenas, el sacrificio
de Guillen Tapia es un hito más en la larga cadena de la
memoria histórica de los mexicanos. El pueblo calla pero
no olvida, así se refrendó ayer, 2 de octubre, a
40 años del genocidio.
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