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La reciente “crisis hipotecaria” de los Estados Unidos,
que varios analistas reconocen como el detonador de la debacle
financiera que atenaza a las economías de muchas naciones
del mundo (México incluido) dejó en claro la ligereza
e irresponsabilidad con las que se manejó el patrimonio
de miles de ahorradores, chicos y grandes, que estuvieron a un
pelo de rana de perder su dinero, simplemente porque un gran número
de los préstamos para los que se usaron los fondos, eran
impagables; hoy se sabe que una enorme cantidad de personas que
obtuvieron fácilmente el dinero, sobre todo para hipotecas,
sencillamente no podían cubrir el importe de sus mensualidades,
independientemente de las tasas de interés o las condiciones
de la economía en general.
Una primera explicación para tamaña imprudencia
se encuentra en la competencia feraz y la voracidad de los mercados;
a fin de cuentas, el negocio de los prestamistas está (o
debería estar) en los préstamos y las entidades
que “no colocan” créditos tampoco pueden ofrecer
a sus clientes rendimientos atractivos; es la obvia ecuación
en la que las mayores ganancias se corresponden con los mayores
riesgos, riesgos que –en este caso— se volvieron certezas
malignas.
A la necesidad de generar ganancias se pueden agregar otros factores
como la impericia y, en no pocos casos, la inmoralidad de los
ejecutivos financieros que, evidentemente, se atreven con el dinero
de otros y no con el propio. Pero en todas estas y otras explicaciones
del fenómeno subyace un hecho indiscutible: la libertad
ilimitada con la que durante las últimas décadas
se desarrollaron negocios especulativos capaces de crear multimillonarios
instantáneos y quebrar a países enteros aún
en menos tiempo, gracias a flujos incesantes y no controlados
de capitales y a transacciones bursátiles que hicieron
de los mercados de valores algo más cercano a casinos de
mafiosos que a un instrumento para el desarrollo económico:
un espacio perfecto para dar rienda suelta a la avidez y la acumulación
descarnada, a costa de quien sea y de lo que sea.
La década de 1980 significó –en lo político—
la consolidación del modelo Reagan/Thatcher comprometido
a reducir a los gobiernos a su mínima expresión,
despojándoles de su sentido de entes moderadores y, si
fuese posible, hasta desapareciéndoles. Por lo que toca
a la economía, esa especie de anarquismo conservador asumía
sin rubores la convicción absoluta de Milton Friedman y
sus “Chicago Boys” en las fuerzas de mercado y la
presunta capacidad de éste para regularse a sí mismo.
En palabras de Ignacio Sotelo: “Se volvió a creer
a marchamartillo en el mercado, limitando al máximo, no
ya la intervención del Estado para recuperar un equilibrio
siempre precario, sino que se renunció incluso a la regulación
estatal que la mundialización hacía por lo demás
impracticable”.
Aprobado ya por el Congreso de Estados Unidos el paquete de 700
mil millones de dólares para salvar a las empresas en peligro
de quiebra (aunque en realidad podrían ser más de
800 mil, por los agregados que hicieron al mismo senadores y diputados,
a cambio de sus votos), queda por saberse si realmente tendrá
los efectos esperados el que se utilice dinero de los contribuyentes
norteamericanos para estabilizar los mercados y revertir las tendencias
de crecimiento negativo. Habrá que ver si es suficiente
y si sus efectos serán de largo plazo o, en cambio, las
finanzas del mundo volverán a ser presas del desasosiego
y el desánimo. Más de un dirigente europeo exigió
a los Estados Unidos que asumiera pronto y frontalmente su enorme
responsabilidad en esta crisis que involucra y arrastra a prácticamente
todos los bancos centrales del mundo. Es pronto para saber si
las medidas tomadas satisfacen ese legítimo reclamo y se
evitará que Europa entre también en recesión,
como pareciera probable.
Habrá que ver, también, si estas medidas benefician
a las víctimas reales: los consumidores. Como lo vivimos
en México con el FOBAPROA, con este tipo de acciones suele
ocurrir que las instituciones financieras reponen sus activos
con dinero de los impuestos pero los deudores terminan perdiéndolo
todo, incluyendo la tranquilidad.
¿Serán castigados los culpables? No pocos se beneficiaron
de esto. Necesariamente las pérdidas de unos son ganancias
de otros; ¿en dónde están?, ¿qué
pasará con ellos?
En lo que toca a la “economía global”, ¿se
volverán las naciones en desarrollo sobre sí mismas?,
¿reactivarán los “vetustos” conceptos
de ‘mercado interno’ y ‘soberanía’?,
¿se apostará menos al rejuego de las divisas y empezará
a gravarse el trasiego de capitales especulativos?, ¿seguirá
premiándose el principio de rentabilidad exenta de impuestos?,
¿se atemperarán los esquemas de crecimiento basados
en la explotación desmesurada de los recursos naturales?
A pesar del paquete financiero aprobado por el Congreso de EUA,
las dudas son muchas y de fondo. Pasarán semanas, meses,
antes de que el panorama sea menos nebuloso.
Por otro lado, la declaración del Presidente George W.
Bush al presentar su propuesta de rescate financiero (“Creo
en el mercado pero evidentemente éste ha fallado”),
los duros cuestionamientos del gobierno Alemán (“Estados
Unidos perderá su liderazgo financiero en el mundo”),
y la dolorosa confesión del presidente del Banco Central
Europeo, Jean-Claude Trichet (“…[es] un momento excepcional,
grave en la historia financiera. Probablemente el más grave
en los países occidentales desde la Segunda Guerra mundial”),
no son otra cosa que el epitafio de una etapa de la historia contemporánea
que ciertamente propició el crecimiento económico
del orbe (pero a costa del empobrecimiento y pesar de muchos),
permitió el desarrollo de algunas economías regionales
(a cambio del abatimiento de otras) y fue campo abierto para la
defraudación y el abuso. Por lo menos ésta es una
certeza: acabó el tiempo de dejar hacer y dejar pasar.
Lo que falta es saber hacia dónde dirigirse. Esa es la
principal incertidumbre.
anemi@gmail.com
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