| Siendo
alumno de la Escuela Normal Rural “Enrique Rodríguez
Cano” de Ximonco, Perote, me tocó vivir este pasaje
de la historia nacional que marcó un antes y después.
Como estudiantes, como jóvenes hijos de familias de escasos
recursos económicos, de origen sabíamos de carencias
y, como miembros de la Federación Nacional de Estudiantes
Campesinos Socialistas de México (FECSM), de manera natural
nos fuimos formando en el conocimiento real del estado de cosas
en la vida nacional, partiendo de las condiciones en que nos encontrábamos
en nuestro inolvidable centro de estudios. Cada mañana
nos despertábamos con el frío de la montaña,
con el entrenamiento obligado en las canchas de fut y béisbol,
que eran de arena, por lo que concluíamos completamente
bañados de polvo y tierra, para mas tarde encontrarnos
con la novedad de que las calderas no funcionaban y no quedaba
otra alternativa que darse un baño de agua fría,
helada que salía de las grandes regaderas de presión,
cuyos “manguerasos” nos hacían bailar un zapateado.
Así era nuestro empezar de cada día, haciendo conciencia
y construyendo nuestra formación de profesores normalistas
elaborando cada quien un extraordinario, repito, extraordinario
material didáctico que serviría de apoyo en las
prácticas escolares en las escuelas primarias que se nos
asignaban para el caso. Más tarde, de frente a un grupo
de pequeños alumnos, humildes, sin zapatos, sin chamarras
para cubrirse del frío, empezábamos otra lección
de vida en nuestro despertar en el transito de la adolescencia
a la juventud. Todos, o la inmensa mayoría cumpliríamos
los 18 años al concluir la carrera de maestro, así
que conformábamos un núcleo estudiantil demasiado
enclenque que ya organizábamos nuestras manifestaciones
y marchas hacia el centro de Perote, cuando no nos lo impedía
la policía estatal que por lo general nos cerraba el paso
a la entrada del pueblo impidiéndonos cumplir con nuestros
objetivos de expresar nuestras ideas libremente. Así nos
encontró el 68, tratando de conocer el idioma ruso en las
lecciones de la Revista URSS e interesados en lo que ocurría
en París, donde se estaba iniciando el nuevo andar de la
juventud mundial. En el televisor instalado en un amplio pasillo
vimos las primeras noticias de aquel incidente entre alumnos de
una Vocacional y una preparatoria en el D.F., de cómo fueron
agredidos por la policía y más tarde cómo
fue cañoneado el portón del edificio de San Idelfonso.
Esto trajo consigo, que estudiantes de otras ciudades del país
se fueran organizando en apoyo de los defeños que estaban
siendo brutalmente tratados por los granaderos. Por ello, los
normalistas de perote, nos propusimos sumarnos a una manifestación
en Xalapa convocada por la alianza de dirigentes estudiantiles
de las facultades de derecho, arquitectura y economía,
entre otras. Sin embargo, cuando empezábamos a bajar la
calle de Lucio, a la altura del Puente Xallitic, nos dieron los
primeros empujones y sacudidas los cuerpos policíacos de
aquel entonces. Fue nuestra primera “madrina” en esta
ciudad capital.
Mas tarde, se agiganta la flama de la inconformidad cuando se
ordena al ejército entrar en Ciudad Universitaria, la que
para esas fechas estaba en huelga por motivos totalmente ajenos
al problema estudiantil. Violada la autonomía universitaria,
se acrecienta el reclamo de la sociedad civil que con el paso
de los días y el recrudecimiento de las acciones ya se
encontraba involucrada en este gran Movimiento.
Lo demás ya se ha comentado mucho a lo largo de estos 40
años, y en lo que todos concluimos, es que la noche del
2 de octubre del 68 en Tlatelolco, es noche gris en nuestra historia,
noche que quisiera uno mandar al olvido y que sin embargo siempre
está presente. Por eso, quienes vivimos desde cualquier
ángulo o trinchera esta etapa de nuestra historia, jamás
podremos olvidar el agravio a las libertades y el abuso del poder
de parte de quienes no supieron cómo manejar una situación
que nació de un simple pleito de jóvenes pumas y
burros blancos. Alegre ignorancia y lamentable falta de sensibilidad.
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